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El último parte de guerra, por Miguel Ángel Aguilar

Martes, a 31 de Marzo de 2009 -- Alfredo -Webmaster-

Por Miguel Ángel Aguilar para El País, 31/03/2009

Mañana se cumplen 70 años del último parte de guerra sellado por el Estado Mayor del Cuartel General del Generalísimo, cuya versión manuscrita rezaba así: "En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. El Generalísimo Franco. Burgos 1º abril 1939".

Así, con resonancias clausewitzianas, se declaraba la terminación de la guerra y se daba paso a la instalación de la victoria, como culminación de los "años triunfales", iniciados con el alzamiento del 18 de julio del 36. Pero la cuestión de hoy es el análisis del último parte de guerra, en el que sorprende la mención a los derrotados en los términos de "Ejército Rojo", con mayúsculas en el vocablo Ejército y en el vocablo Rojo; mientras que el vencedor se reserva para sí mismo la modesta denominación de "tropas nacionales" empleando la minúscula para la inicial de cada una de esas dos palabras. Esas "tropas nacionales" tampoco se apellidaban españolas porque esa denominación hubiera excluido a los combatientes "moros", alemanes e italianos.

También es chocante la construcción gramatical, que resulta muy forzada por el uso del hipérbaton, para invertir el orden que deben tener las palabras con arreglo a la sintaxis regular: sujeto, verbo y predicado. De modo inexplicable, los escribas del Cuartel General renuncian a escribir con normalidad que "las tropas nacionales han alcanzado sus últimos objetivos militares", y nos enfrentan a una redacción enrevesada que comienza por el verbo -"han alcanzado"-, sigue por el sujeto -"las tropas nacionales"- y concluye por el predicado -"los últimos objetivos militares"-.

Además, conviene fijarse enseguida en la expresión de "Ejército Rojo", elegida como denominación específica para el enemigo derrotado. Porque el "Ejército Rojo", más allá de su fuerte connotación alegórica, carecía de ser una realidad tangible. Si se hubiera querido llamar a las cosas por su nombre en ese último parte de guerra se hubiera adjudicado la derrota al "Ejército de la República" o a sus residuos finales, que operaban bajo la denominación de "Ejército del Centro".

La historia deja constancia de que quien se rindió en Breda fue Mauricio de Nassau y no el inexistente Ejército de Lutero y que el vencido en Waterloo fue Napoleón y no los jamás reclutados Ejércitos de Rousseau, de Voltaire y/o de los enciclopedistas y la Ilustración. Del mismo modo que aquella madrugada del 8 de mayo de 1945 en el Cuartel General de Eisenhower fue el jefe del Estado Mayor alemán general Jodl quien firmó la rendición de la Wermacht, sin mención alguna al "Ejército Nazi", que nunca existió como tal, y así sucesivamente.

Aquí, sin embargo, a la altura del 39, en la ribera del Arlanzón, los acampados en Burgos parecían mantenerse "impasible el ademán", adictos al lema joseantoniano de que a los pueblos los mueven los poetas. Otra cosa es que enseguida se comprobara cómo a la poesía quedaba superpuesto el prestigio del terror, invocando las exigencias del guión de la Cruzada.

En todo caso, el prestigio del terror era un elemento psicológico favorecedor para inocular las dosis convenientes de docilidad. Claro que la expresión "Ejército Rojo" puede también ser un intento de presentar la del 1º de abril como una victoria obtenida sobre el Comunismo Soviético. De este modo, el Generalísimo pretendía encumbrarse a sí mismo como vencedor de Trotsky y Stalin.

En la hipótesis más benévola podría pensarse que el último parte de guerra derivara del antiguo precepto de las Ordenanzas según el cual "la consideración y aun la honra del enemigo vencido son compatibles con la dureza de la guerra y están dentro de la mejor tradición española". En esa línea, las Ordenanzas prescriben también que a nadie ha de cegar la victoria; que en ella se extremará la disciplina y que con el enemigo vencido se respetarán los derechos y las leyes y usos de la guerra.

Pero, como enseguida se vio, de eso nada. Del lema con el que Winston Churchill encabezaba sus memorias -"En la derrota, altivez; en la guerra, resolución; en la victoria, magnanimidad; en la paz, buena voluntad"-, fue imposible encontrar rastro alguno a partir de aquella primavera de 1939 y de las siguientes que volvieron sin atender el pronóstico reidor fijado en las estrofas del Cara al sol. Ni magnanimidad en la victoria, ni buena voluntad en la paz, que sólo llegaría 39 años después con la Constitución reconciliadora de 1978.

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