Música y Vino

Puedo intentar ser sincero pero nunca seré imparcial…
Domingo, a 20 de Febrero de 2011


Una chica camina tras el funeral por dos mujeres asesinadas en Ciudad Juárez (México) en octubre de 2010.

Foto de REUTERS

 

Por Soledad Gallego-Díaz (Buenos Aires) para elpais.com, 19/02/2011

"Del dicho al hecho". El lema del informe elaborado en 2009 por la Comisión Económica de Naciones Unidas para América Latina (Cepal) sigue resumiendo muy bien el principal problema con el que se enfrentan, ya bien entrado el siglo XXI, las mujeres de ese continente: en los últimos 10 años se han experimentado avances muy importantes en las legislaciones que reconocen sus derechos y condenan la violencia machista, pero, en la práctica, las autoridades, jueces incluidos, no aplican esas normas con suficiente rigor ni persistencia como para que las cifras explosivas de maltrato, abuso y discriminación hayan experimentado un retroceso aceptable. La impunidad de sus agresores sigue siendo en la mayoría de los países de América del Sur, Centroamérica y Caribe la peor pesadilla de las mujeres.

Esa realidad convive con otra: en América Latina ha habido hasta el momento nueve mujeres que alcanzaron la presidencia de su país, tres de ellas, en Argentina, Brasil y Costa Rica, en ejercicio; la directora de Naciones Unidas para la Igualdad de Género es la expresidenta chilena Michelle Bachelet, y se ha producido un aumento espectacular en el número de parlamentarias. Mejor aún, un 55% de las latinoamericanas de 20 a 24 años ha completado la educación secundaria (mientras que solo lo ha conseguido el 49% de los hombres). Incluso en las zonas rurales, en las que la extensión de la secundaria es mucho menor, el promedio de mujeres de esa edad que ha alcanzado ese grado supera notablemente al de los hombres (31% frente al 26%).

El menor porcentaje de paro y, sobre todo, las transferencias de recursos puestas en marcha por los Gobiernos de varios países, como Venezuela, Brasil, Argentina, Ecuador o Bolivia, que tienen sistemas de ayudas a la familia, han disminuido los índices de pobreza extrema y mejorado las condiciones de salud y educación de la infancia, niñas incluidas.

Sin embargo, esas mejoras no impiden que América Latina siga siendo la región con mayores desigualdades ni que sea una de las zonas más peligrosas del mundo para las mujeres, tanto por el feminicidio y casos graves de maltrato, como por el alto porcentaje de abusos sexuales en el entorno familiar, la mortandad maternal y el gran número de abortos clandestinos a los que obligan las omnipresentes legislaciones contrarias a la interrupción legal del embarazo. Cuatro millones de abortos ilegales y 4.000 muertas al año no consiguen torcer el brazo a las poderosas iglesias católica y evangélica.

Entre el 39% y el 42% de las mujeres peruanas confiesa, por ejemplo, haber sido víctima de violencia física por parte de su pareja o marido, según el Instituto Nacional de Estadística e Informática. "Las agresiones recibidas por las víctimas fueron empujones, golpes, patadas, ataques o amenaza con cuchillo u otra arma, además de ser forzadas a tener relaciones sexuales sin su consentimiento, entre otras formas de violencia física y psicológica", asegura el documento, que analizó una encuesta realizada entre 24.000 mujeres.

"La última vez que Keiko Tamaca, de 14 años, vio a su enamorado, William Chiroque, de 18, fue cuando le apuntaba con una pistola de 9 milímetros, ebrio de celos por haberla visto conversando con otro muchacho", relata un diario local. La adolescente fue una de las dos o tres menores de 18 años que mueren asesinadas cada mes en Perú. "Reproducen patrones de conducta que ven en casa", explicaba en el periódico la psicóloga Tesania Velázquez.

Aunque no hay estadísticas fiables para el conjunto de la región, los datos parciales que van facilitando organismos especializados de los distintos países son escandalosos. El 35% de las mujeres mexicanas sufre violencia física; 39% en Colombia; 31% en Ecuador y hasta un 52% en Bolivia. En Chile, en 2002, se calculaba que solo el 3,8% de los casos denunciados terminaba en condena. En Brasil, señalan algunos estudios, el 10% de las mujeres del área urbana y el 14% de las mujeres del área rural han sufrido violencia sexual. En Centroamérica, dos de cada tres asesinadas son víctimas de un crimen machista, es decir, mueren por ser mujeres.

En el mejor de los casos, asegura la Cepal, en la hipótesis más leve, una de cada diez mujeres de Latinoamérica sufre violencia física, "que se manifiesta desde golpes hasta violencia severa con amenaza de muerte junto con una fuerte violencia psicológica y, muchas veces, con violencia sexual". En solo siete países se han aprobado leyes específicas sobre la violencia contra las mujeres (la Venezuela de Hugo Chávez, entre ellos), siguiendo la estela de la ley llamada María Pehna, aprobada en Brasil en 2006. (María da Pehna es una farmacéutica brasileña cuyo marido intentó asesinarla en dos ocasiones y terminó dejándola parapléjica. 15 años después de aquellos hechos, el agresor seguía en libertad, amparado por jueces que dilataban el proceso. La nueva ley consiguió al fin llevarle a prisión.

Nadie puede negar que en América Latina el acceso de las mujeres a los puestos de toma de decisiones políticas ha crecido de manera muy notable en la última década. Nueve países (entre ellos Bolivia, con el Gobierno de Evo Morales) han aprobado leyes a favor de la igualdad. El promedio regional de mujeres diputadas es del 20,7% (lo que supone oscilar entre el 40% de presencia femenina en el Parlamento argentino, al 9% que existe en Colombia).

El aumento del promedio se debe a que 11 países has aprobado leyes que establecen cuotas en las listas electorales, aunque en solo cuatro casos existe el llamado "sistema cremallera" que impide que las mujeres sean ubicadas al final de la lista. En los casos en los que no existen cuotas, como en las alcaldías, por ejemplo, el desfase sigue siendo muy importante: la presencia femenina no llega al 6,8%, según la Cepal. En el sistema judicial, el avance es desesperantemente lento: solo el 19% de los jueces de los tribunales superiores y cortes supremas son mujeres.

Muchas de las cifras que reflejan la evolución positiva de los derechos de la mujer van acompañadas por otros datos alarmantes. La tasa global de fecundidad bajó de 5,9 hijos en los años cincuenta a 2,4 en el primer lustro del nuevo siglo, pero el embarazo de las adolescentes prácticamente ha duplicado su aporte a la fecundidad total, pasando de un 8,5% en 1950 a un 14,3% en 2005. La mortalidad materna se redujo en un 28% desde 1990, pero aun así demasiadas mujeres siguen muriendo de parto en América Latina: 130 muertes maternas por cada 100.000 nacidos vivos es una cifra que está muy por encima del quinto objetivo del Milenio, pero que no resulta extraña si se constata que el 80% de las mujeres pobres de Bolivia, o de Haití, dan a luz fuera del sistema hospitalario.

El difícil cambio cultural en todo lo relacionado con la situación y los derechos de la mujer en América Latina brilla con todas sus contradicciones en países como Chile, que lleva años en una sólida progresión económica pero que ha sido el último del mundo, en noviembre del 2004, en aprobar una ley que regulara el divorcio. O en Argentina, con la tradición educativa e igualitaria más fuerte de toda la región, presidido en la actualidad por una mujer, pero que no ha logrado despenalizar el aborto voluntario, algo que tampoco pudo hacerse en Uruguay, pese a que desde 2005 gobierna un amplio frente de izquierdas. Ni tan siquiera Dilma Rousseff, heredera de Lula, ha dado señales de ir a presentar una ley en ese sentido, pese a que algunas de las clínicas brasileñas especializadas en abusos sexuales estén denunciando, desde hace años, que casi la mitad de los casos que tratan involucra a niñas menores de 12 años.

 

Sábado, a 27 de Noviembre de 2010

Contrastes sociales

 

Por Henrique Mariño para publico.es, 24/11/2010

La violencia ha vuelto a estallar en las favelas de Río de Janeiro. Todo comenzó el domingo, cuando los narcos atacaron puestos de policía e incendiaron vehículos en represalia por el despliegue de las Unidades de Policía Pacificadora (UPP) y por el traslado de presos a cárceles federales. Desde entonces, la Policía ha contabilizado hasta este jueves 34 muertos en operaciones contra presuntos criminales. La última ha tenido como objetivo Vila Cruzeiro, ocupada por seis tanques de la Armada, que le han abierto el camino a policías, militares y agentes especiales del temido BOPE.

Explicar qué es el cielo y el infierno no resulta fácil, pero hay metáforas que ayudan a hacerlo. Río de Janeiro simboliza ambas cosas. El paraíso está al nivel del mar, que humedece las playas de Ipanema y Copacabana, con sus cuerpazos al sol y sus terrazas donde tomarse una cerveza con colarinho, bien fresca, al ritmo de la samba y los contoneos de la chavalada. No lejos de allí y ajeno a los ojos del turista, el averno ha ocupado los morros (cerros) de la cidade maravilhosa: pobreza, violencia, marginalidad, narcotráfico, fracaso escolar, crimen, esperanza de vida menguante… El mundo al revés: arriba el infierno y abajo el cielo.

La capital turística y cultural de Brasil, donde cada día mueren violentamente unas veinte personas, sin contar a los desaparecidos, albergará el Mundial de Fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016. Muchos habitantes de Chicago, Tokio o Madrid, que aspiraban a llevarse los seis aros a casa, todavía se preguntan cómo es posible que una de las urbes más violentas del planeta albergue un evento semejante. Infraestructuras al margen, Río es una ciudad insegura, con tres mafias que dominan el tráfico de drogas, grupos paramilitares que intentan desplazar a éstas para imponer su propia ley, y una policía violenta, corrupta y de gatillo fácil. Nadie pone en duda el esfuerzo de autoridades políticas y policiales para controlar la situación durante el desarrollo de ambas competiciones deportivas, pero a día de hoy la situación pone los pelos de punta.

Las favelas tienen en Río, a diferencia de las bidonvilles o villas miseria de otras latitudes, una particularidad. Están en las lomas de las montañas. Su nacimiento se remonta a principios del siglo pasado, cuando el Gobierno cedió a algunos militares terrenos en alto en compensación por los servicios prestados en el frente. En aquellas montañas próximas a la costa, que confieren a la ciudad esa belleza característica, capricho de la naturaleza, crecía la planta de la favela. Ésta dio nombre al Morro de la Favela y, con el tiempo, a todas las construcciones de infraviviendas que comenzaron a surgir en las zonas de la ciudad donde el ladrillo de los ricos, blancos de origen europeo, no había llegado. Allí se estableció, y lo sigue haciendo, la población negra y mulata del noreste de Brasil. Inmigración interior y de escasos recursos.

Pobre no significa malhechor

Aunque con el paso de los años también han proliferado los poblados de chabolas en áreas más llanas de la periferia, las zonas nobles de Río, sembradas de riscos, están flanqueadas por barrios humildes. El Hotel Sheraton, por ejemplo, tiene unas maravillosas vistas a la playa de Leblón, pero si al cliente le toca la habitación equivocada se topará con un panorama más modesto: el de la favela de Vidigal. Y, para ahondar en la paradoja, desde el citado arenal la más bella estampa es la que proporcionan los cientos de lucecitas que de noche brotan allá arriba, o sea, en el corazón de la pobreza.

Y pobre, quede claro, no significa malhechor. Buena parte de sus moradores son trabajadores que cobran sueldos míseros y sacan adelante la ciudad. Mano de obra barata que permite tener a varios camareros tras la barra o a un par de chachas en casa. Ellos, en el fondo, son víctimas por partida triple: por no tener un duro y cargar con los trabajos más ingratos, por sufrir la violencia de traficantes y policías, y por tener que cargar con el sambenito de favelados, o sea, los que moran en la favela.

Vivir es muy peligroso, decía el escritor y diplomático brasileño Guimaraes Rosa. En Río de Janeiro, añadiría cualquier carioca acostumbrado a bregar con la inseguridad cotidiana, todavía más. En 1.000 páginas de calendario, se registraron más de 20.000 asesinatos, según la ONG Río de Paz, que asegura que entre enero de 2007 y septiembre de 2009 murieron a diario 20 fluminenses (gentilicio de los habitantes del Estado de Río de Janeiro).

Los datos, extraídos de las estadísticas del Instituto de Seguridad Pública, presentan 16.310 homicidios, 3.272 fallecidos en enfrentamientos con la policía, 589 víctimas de robo asesinadas, 84 agentes muertos en servicio… Total: 22.250 personas bajo tierra en un estado de 15,5 millones de habitantes, de los cuales unos seis viven en la capital. Una significativa parte, en viviendas precarias repartidas en las casi 1.000 favelas existentes, dos centenares más que cinco años antes, según datos del Instituto Municipal de Urbanismo Pereira Passos.

De la cárcel a la favela

Muchas de esas víctimas representan los daños colaterales de una guerra (civil) entre narcos, policía y milicias. Los primeros controlan las drogas. Hay tres facciones, que han perdido poder y sufrido escisiones, luchando en la actualidad por conservar sus territorios: Terceiro Comando, Amigos dos Amigos y Comando Vermelho, la organización criminal pionera, nacida en los años 70 en la prisión de Candido Mendes. Allí coincidieron presos comunes y políticos, encarcelados por hacer frente a la dictadura militar de 1964. De ellos, los delincuentes aprendieron a ser solidarios para hacer frente a los abusos carcelarios y a las durísimas condiciones de vida entre rejas, pero también tácticas guerrilleras que pusieron en práctica, una vez fuera de prisión, durante los asaltos a bancos. El roce con los reos izquierdistas les inoculó, digamos, una cierta conciencia de clase y les profesionalizó en el crimen.

Una vez que la mafia carcelaria se instaló en las favelas, ésta comenzó a traficar con estupefacientes, surtiéndose de jóvenes que ejercerían de vigilantes, vendedores y soldados. Unos caerían y vendrían otros a sustituirles. Como comentó Antonio Carlos Costa, de Río de Paz, hay “miles de jóvenes pobres, sin escolarizar, sin una referencia paterna, con una demanda inconmensurable de autoestima y listos para ocupar los puestos dejados por sus compañeros asesinados. La escalada de violencia ha llevado a rebautizar el Complejo del Alemao, una de las zonas más conflictivas de la ciudad, como la Franja de Gaza. Y el símil con los territorios palestinos no termina ahí, dado que el Gobierno estatal anunció el pasado año, con la excusa de proteger el medio ambiente, la construcción de altos muros alrededor de Dona Marta, Rocinha y otras favelas del sur, cercanas a los barrios de clase media y alta.

Lejos de las bocas de humo, denominación de los puntos de venta de droga en los morros, la delincuencia campa a sus anchas por las calles de la ciudad: atracos, secuestros express y arrastoes (de arrastre), una táctica de robo colectivo practicada por varios bandidos que dejan sin blanca a aquellos que están en la playa, en un local o en su propio edificio. Sin embargo, en cuanto a la criminalidad organizada, los expertos le restan importancia al peso de los traficantes y se lo otorgan a las milicias, formadas por policías en activo y retirados, bomberos, militares, carceleros y, en la sombra, por políticos que apoyan a estos grupos paramilitares, como ha demostrado una investigación parlamentaria que puso en evidencia las amistades peligrosas de concejales y diputados estatales.

El impuesto revolucionario de las milicias

La reducción de ganancias en el tráfico de drogas motivó que los policías corruptos que antaño le exprimían el dinero a los narcos a cambio de hacer la vista gorda pasasen a controlar directamente las favelas. Así, su objetivo fue desplazar a los narcos de sus bastiones y extorsionar a sus moradores, gente corriente, cobrándoles un impuesto revolucionario por una supuesta protección y abusivas tasas por servicios y artículos de uso cotidiano: gas, electricidad, transporte, televisión por cable…

El gran problema de Río fue el tráfico de drogas. Hoy declina y lo ha sustituido las milicias. Matan a los narcos, esconden los cuerpos y nadie denuncia”, explica Luiz Eduardo Soares, ex secretario nacional de Seguridad Pública de Brasil, quien sostiene que todavía no han explotado a fondo el filón de las drogas debido al jugoso lucro que sacan de sus negocios en los barrios pobres, donde también “controlan a los votantes, negocian sus papeletas con los políticos o incluso se convierten ellos en candidatos”. Las milicias, como la Liga de la Justicia o el Comando Chico Bala, han llegado a dominar unas 200 favelas, en su mayoría en la zona oeste de Río. Y los cinematográficos nombres de sus líderes (Batman, Popeye…) han venido a sustituir a los  Fernandinho Beira-Mar y Marcinho VP, históricos del Comando Vermelho.

Con los viejos cabecillas muertos o encarcelados, las nuevas generaciones de traficantes también sufren los efectos de la crisis económica, de la aparición de drogas sintéticas que sortean el paso por los morros y del auge de otras baratas como el crack, lo que se traduce en menores márgenes e ingresos para los vendedores. ¿Por qué, entonces, sigue resultando tan atractiva la carrera de narco para un chaval, al margen de sus problemas económicos o familiares?

Fotos: Sergio Moraes / REUTERS

La investigación Meninos de Río: jóvenes, violencia armada y policía en las favelas cariocas, promovida por UNICEF, revela que la culpa es de las llamadas Marías fusil: chicas de la favela e incluso de otros estratos sociales, apasionadas por los bailes funk, que sienten una irresistible atracción por los hombres armados. De ahí que la sensación de poder y la certeza de tener a un puñado de mujeres a mano se haya convertido en el gancho para que la pescadilla se siga mordiendo la cola. “El chico no tiene nada… No tiene dónde caer muerto”, confesó una madre a los autores del estudio. “¿Pero sabe cuántas mujeres tiene? Cuántas quiera tener. Dependiendo del arma, más chicas tendrá”.

Operación limpieza

Este mundo paralelo e indómito habita en la ciudad que acogerá el Mundial de Fútbol y los Juegos Olímpicos. Luiz Eduardo Soares cree, sin embargo, que todo transcurrirá con normalidad. “Hay que mirar el pasado. Hubo acontecimientos que exigieron un fuerte despliegue de fuerzas del orden, y no pasó nada. Nuestro problema está en el día a día, no en los grandes eventos”.

Así, el Papa Juan Pablo II visitó la urbe sin incidencias, previo trabajo sucio de los cuerpos policiales de élite (BOPE), que limpiaron la zona cercana a la casa del arzobispo: 30 muertos y 30 detenidos. Michael Jackson filmó el videoclip They Don´t Care About Us en la favela Dona Marta, con el visto bueno, eso sí, del traficante Marcinho VP, que garantizó la seguridad del rey del pop durante el rodaje. Y, más recientemente, los Juegos Panamericanos de 2007 se celebraron sin sorpresas, aunque recibieron el sobrenombre de Pandemonio debido a la brutal intervención previa de la Policía Militar en el Complejo del Alemao, que se saldó con una treintena de muertos.

La letalidad policial, que se incrementa antes de los grandes fastos, ha sido reconocida por el ministro de Justicia, Telles Barreto, quien reclama fuerzas del orden más preparadas, mientras que otros altos cargos brasileños, como el responsable de la Secretaría Nacional de Seguridad Pública, han sido más explícitos al rechazar la “tesis estúpida” de la equivalencia bélica. “Los bandidos no poseen sentido moral, pero nosotros estamos obligados a tenerlo. La insistencia por el fusil es un problema de complejo fálico”.

Henrique Mariño (Carballo –Galicia-, 1975) es periodista. Actualmente trabaja en el diario Público.

 

Martes, a 31 de Agosto de 2010

Por Manolo Saco para publico.es, 23/08/2010

En Brasil se han echado a la calle los humoristas porque las autoridades han prohibido por decreto divulgar, en emisoras y periódicos, imágenes o afirmaciones que puedan “denigrar o ridiculizar” a cualquiera de los candidatos a la presidencia del país en las próximas elecciones del 3 de octubre. Inexplicable. Ahora que en nuestra Antena 3 comienza “El club del chiste VIP”, con los políticos trabajando de humoristas (oficialmente, por fin), los brasileños caminan con el pie cambiado y pretenden destruir el espejo en el que mirar las miserias de los mandatarios públicos, ese espejo del Callejón del Gato que es el humor, que no tiene piedad de famas y cuyo contacto todo lo corroe.

Lo que demuestra que el miedo a la crítica no es privativo de sociedades dictatoriales o totalitarias. Basta con rascar en la piel de países como Italia o Venezuela para comprobar que las restricciones a la libertad de opinión y crítica son un recurso recurrente, con el empleo de los más variados y peregrinos argumentos, y siempre por nuestro bien, por supuesto.

Nuestro viejo régimen era un especialista en el asunto. Obreros y estudiantes en huelga pasaban a ser delincuentes comunes por orden administrativa, los detenidos se suicidaban sospechosamente tirándose de las ventanas de dependencias policiales, los grupos de resistencia armada de la posguerra, el maquis, eran simples bandoleros, y todo opositor al régimen formaba parte de una confabulación judeo-marxista-masónica, pagada por un inagotable tesoro guardado en algún lugar de Moscú, que tenía como objetivo la destrucción de España a golpe de talonario.

Para aquel régimen, hasta los homosexuales, “que apenas existían”, por cierto, eran delincuentes peligrosos a los que se les aplicaba la reformada “Ley de vagos y maleantes” nacida en la República. Hay “delitos” y situaciones que ciertas sociedades no pueden consentir, así que mejor es que no se hable de ellos. La Ley para la Seguridad del Estado de 1941 intentaba poner coto al “menosprecio público de las más esenciales prerrogativas de la autoridad”.

En ese caldo de cultivo fascista, el humor tuvo que hacerse “blanco”, libre de toda crítica pública y política, al que se permitía antes un leve desahogo de cierta tensión sexual que la más leve crítica a la autoridad, fuese política, religiosa o militar, por supuesto. Pero como el censor (y de esto yo sé mucho, os recuerdo que soy un aprendiz de censor) se distingue sobre todo por su torpeza de criterio y su incapacidad absoluta para el humor, las publicaciones acudieron al recurso humorístico para burlar a los censores, siempre preocupados por lo mismo, como mi confesor. La Codorniz, “la revista más audaz para el lector más inteligente”, llegó a representar un instrumento de propagación de rumores que la prensa del régimen no podía ni mencionar. Más tarde, en el franquismo declinante, revistas como Triunfo, Cuadernos para el diálogo o Cambio16 hicieron un ejercicio soberbio de redacción para “escribir y leer entre líneas”, esas líneas que el estúpido censor era incapaz de comprender. Como el dios de Einstein, escribíamos derecho sobre renglones torcidos.

En Venezuela, que se ha revelado como uno de los países de Latinoamérica con mayor índice de asesinatos, muy por encima de las ya míticas cifras de Colombia o México, el gobierno intentó torpemente censurar los datos recolectados por su Instituto Nacional de Estadísticas prohibiendo publicar “fotos, informaciones y publicidad” sobre violencia, sin duda porque la situación de caos e inseguridad que reflejaban esos datos no encajaban bien con la situación idílica de la revolución bolivariana. No lo han conseguido gracias a un tribunal que anuló en parte la orden gubernamental.

Un traspiés, no más. Como sabéis, allí el humor en la información lo pone directamente el presidente Hugo Chávez en su programa televisivo. Si aquí, en una dictadura, conseguimos torear a los tribunales con el recurso del humor, ¿qué tribunal podrá resistirse al ingenio del líder de la revolución democrática bolivariana?

 

Lunes, a 25 de Mayo de 2009

El auge de las pandillas y la necesidad de autodefensa han disparado el contrabando en la última década

J. L. / F. G. para elpais.com (Madrid), 25/05/2009

Que la importación de armas en América Latina haya crecido un 16% en 12 años no se debe sólo a la carrera armamentista de la que, por otra parte, todos los Gobiernos reniegan. Hay miles de personas que se blindan diariamente. Para defender su vida, la de sus familiares, sus propiedades. Pero también para delinquir. El Latinobarómetro del año pasado refleja la inseguridad que padecen los habitantes de la región, para quienes la delincuencia es el principal problema de sus países, por encima del paro.

La violencia es una pandemia que recorre de norte a sur la región desde hace décadas. Si en México el narcotráfico es el caldo de cultivo de la inseguridad ciudadana, en Centroamérica los crímenes de las maras provoca cantidad ingente de muertos. La probabilidad de que un joven de entre 15 y 24 años pueda ser asesinado en El Salvador o en Guatemala es 30 veces superior a la de un europeo, de acuerdo a un estudio de la Red de Información Tecnológica Latinoamericana. En el caso de los primeros, la tasa de crímenes juveniles es de 92,2 por cada 100.000 habitantes.

Según se desciende por el mapa, la violencia sigue inquebrantable en muchos países, aunque ya no tan asociada a las pandillas. En Venezuela se calcula que los homicidios entre 2007 y 2008 aumentaron un 11%, y que se han triplicado desde hace 10 años.

Colombia, asolada por el narcotráfico, y Brasil, son los otros dos lugares más violentos de la región, y al mismo tiempo donde se han registrado las primeras experiencias positivas de desarme de la sociedad. La gestión del Estado de São Paulo es un ejemplo. Gracias a la mejora de los transportes públicos, de la implantación de programas sociales y facilitar el trabajo en zonas donde la violencia era permanente, entre 1999 y 2004 se redujo la tasa de homicidios un 41%. En Río de Janeiro, la ONG Viva Río ha implantado programas de entrega de armas a cambio de algún beneficio para su portador. Un trabajo similar al que llevó a cabo la alcaldía de Bogotá hace ya una década al desarrollar en Navidad el Proyecto Regalos por Armas, que logró un descenso de los homicidios de casi un 30%.

Combatir el crimen y la violencia no es sencillo. Hay un componente histórico enclaustrado en la sociedad que ya ha impregnado a varias generaciones. “Dictaduras, guerras civiles, grupos armados… La violencia en la política de las últimas décadas ha quedado como un legado que influye en las relaciones sociales”, explica Laura Tudesco, investigadora de la Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior (Fride).

La relación entre el crimen urbano y las extremas condiciones en las que viven 230 millones de personas que son calificadas como pobres o indigentes en la región explica también la demanda de armas por la sociedad. “Lo que antes podría considerarse cultura de la pobreza está cada vez más relacionada con la violencia, la marginalidad y la hostilidad”, añade.

Más sangrante es la actitud de los Gobiernos ante este panorama. El control que se ejerce sobre el tráfico es prácticamente nulo. “Las industrias tienen relaciones muy fuertes con los Gobiernos. Muchas veces son los propios Gobiernos. El Estado debe brindar más seguridad, tratar de delimitar la proliferación de armas”, opina Diego Fleitas, de la Asociación de Políticas Públicas argentina, autor de un reciente informe sobre tráfico de armas en la región.

 

Domingo, a 3 de Agosto de 2008

De Brasil sólo conocíamos lo que queríamos conocer: sobre viajes a exóticas playas de arenas blancas, idílicos paisajes del Amazonas, la alegría y desenfreno del Carnaval de Río de Janeiro o la imagen impactante de una garota de anchas caderas y minúsculo bikini tostándose al sol de Copacabana. Así era Brasil para nosotros hasta que Fernando Meirelles nos abrió los ojos a la realidad con “Ciudad de Dios”.

Con Meirelles descubrimos que también existía otro Brasil más real y cruel, un país en el que la vida no vale nada en las favelas, encontramos niños que no tenían sentido de culpa y que se convertían en monstruosos asesinos por vocación o pura supervivencia, vimos un país en el que los habitantes del submundo de la miseria tiene como único dios de su territorio, sin ley, el narcotráfico y el robo.

Ciudad de Dios fue un mazazo en la conciencia de los que sólo veíamos las risas y el jolgorio de los que lo tienen todo en la vida, los placeres de los turistas y de las clases altas y poderosas de Brasil.

Seis años después, José Padilha nos retrata con su cámara otras imágenes de la jungla en la que está inmerso ese país, con unas fuerzas públicas, supuestamente del orden, en las que la corrupción no es una excepción sino su forma habitual de comportamiento, una norma. Estás viendo “Tropa de élite”.

Padilha nos enseña el trapicheo que impera en las relaciones entre los gánsteres de las favelas y los delincuentes de uniforme y chapa policial, la finísima línea que separa los supuestos defensores de la ley de los infractores de esas mismas leyes, lo intrincados que están los intereses de ambos lados, del bien y el mal, y lo poco que vale la vida cuando lo único que vale es el dinero.

Todo funcionaba “bien” entre la ley y los sin ley hasta que un día al Papa de Roma se le ocurrió la idea de viajar a Río de Janeiro e intentar dormir en una favela. Ese día, cuando los embajadores del Vaticano anunciaron el siguiente viaje del Papa a Brasil, el gobierno del país decidió lavar la imagen de la ciudad de las playas y las garotas para que ninguna bala perdida turbara el sueño del celestial representante de Dios en la Tierra.

A partir de aquí empieza el verdadero sentido de la película; con una cámara más documentalista que paisajista, Padilha nos enseña lo que se tiene que hacer para que todo esté limpio y lindo, hermoso y bello ante los ojos del representante de Dios, un representante de un Dios que sólo quería ver lo superficial pero no la cruda realidad.

La voz en off, casi documentalista, del capitán Nascimento de las BOPE - Fuerzas Especiales de Brasil (ver nota a final del artículo), encargadas de limpiar las calles ante la imposibilidad de que lo haga la corrupta policía de Río de Janeiro, nos conduce entre los salvajismos, las torturas, la obediencia ciega, el gatillo fácil y la lucha para sujetar y poner firmes a las fieras de las favelas. Todo vale con tal de que se cumpla la única norma válida en una lucha sin cuartel: que no te mate el enemigo, sea cual sea el bando en el que estés.

Las imágenes son tan duras como dura es la realidad, sin falsas moralinas, imágenes plasmadas tal cual son, atroces y despiadadas, sin misericordia ni inocentes que salvar.

Si hay una escena que podría ser el resumen del todo de la película, el compendio breve de una realidad de miserias de siglos injustos, es cuando el capitán Nascimento de las Fuerzas Especiales grita: “¡Vosotros financias esto!”.

Los destinatarios de ese furioso grito son un grupo de estudiantes de clases medias y medias-altas, vestidos con ropas “fashion”, defensores de las ONG’s, en pleno debate pseudopolítico sobre lo que es el bien y el mal, con sus porritos en las manos y sus rayas de coca al lado de la mesa. A esos personajes de tramoya van dirigidas las palabras.

Nasicimento, como capitán de unas tropas de élite brutales, cuasi fascistas, grita algo que todos deberíamos gritar: ese "canuto" que vemos en las manos de muchos y que todos perdonamos, esas rayitas de coca que se consumen en las fiestas más “fashion”, esas pastillas de éxtasis que corren de mano en mano (y boca en boca) en los locales de moda, ese famoso o famosa que no tiene empacho en declarar que se coloca de vez en cuando, todos esos son los destinatarios finales del negocio que sirve para financiar las miserias y el sufrimiento de miles y miles de personas que viven y malviven en las favelas de las ciudades más pobres del mundo.

Esa papelina de coca, ese porrito sin importancia, esa partillita azul que tantas alegrías provoca cuando estás de “marcha”, es el combustible que mantiene viva la maquinaria que trafica con mujeres, con armas, con niños, con hombres sin futuro… y no sólo en las favelas de Río de Janeiro.

¡Vosotros financias esto!”. Si, es cierto: entre todos financiamos eso.

Os recomiendo ver esta película como una obligación social y moral.

Alfredo Webmaster

Nota: las BOPE, Batallón de Operaciones Policiales Especiales, es un cuerpo policial brasileño de disciplina espartana, con merecida fama de implacable, incorruptible y eficiente -sus miembros son elegidos entre los policías capaces de acertar una moneda de cinco centavos a 100 kilómetros de distancia con un tiro de un fusil de asalto. Tienen como escudo de armas una calavera atravesada por una daga, con dos pistolas cruzadas de fondo.


FICHA TÉCNICA
 
Ttítulo original: Tropa de Elite
Año: 2207
Duración: 114 minutos
Páis: Brasil
Director: José Padilha
Guión:José Padilha, Bráulio Mantovani, Rodrigo Pimentel
Música: Pedro Bromfman
Fotografía: Lula Carvalho
Reparto: Wagner Moura, Caio Junqueira, André Ramiro, Milhem Cortaz, Fernanda de Freitas, Fernanda Machado, Thelmo Fernandes, Maria Ribeiro
Web oficial: http://www.brasilelite.com/
Premios: Festival de Berlín 2008 - Oso de Oro
 
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