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Recetas Falsarias: Solomillo al roquefort (en ausencia de solomillo)


Ahora sólo faltaba que no tener solomillos en casa nos fuera a impedir hacernos un solomillo al roquefort: ¡Hasta ahí podíamos llegar!

Así que dejemos a la vaca rumiando en paz y , lata en ristre, dispongámonos a preparar este solomillo impostor que respetará la integridad de nuestros bolsillos, nos alegrará el paladar y la vista, si comemos en solitario, y llenará de pasmo y admiración a nuestros no por queridos menos gorrones invitados, si tenemos visitas.

Rico y vegetariano, porque como todo el mundo sabe, el cerdo, en su intrínseca belleza, es casi como una florecilla del bosque.

Eso sí, en las primeras citas amorosas, no es recomendable agasajar a la amada con un ramo de cerdos: mejor las flores.

Ingredientes: 1 lata de magro de cerdo (de esas de aspecto más o menos triangular, en este caso Apis, 1,65 €), 1 cuña de queso roquefort, 1 pimiento del piquillo, salsa Perrins, leche evaporada Ideal, aceite de oliva virgen extra.
Preparación: para perpetrar esta receta lo primero es conseguir que el jamón de lata adquiera forma de solomillo. En mi caso, he cogido un vaso de un tamaño aproximado a la pieza de fiambre, lo he puesto en el centro y he presionado. Luego con ayuda de un cuchillo he sacado la pieza, que tenía ya un adecuado y solomilloso aspecto. Hecho esto, cortamos la carne por el centro, dividiéndolo en dos discos iguales. Y puestos ya al lío, cogemos el pimiento del piquillo y lo calentamos en la sartén, con un poco de su aceite. Se reserva en un plato, se añade un poco de aceite de oliva a la sartén y se doran un poco los discos de jamón. Unas gotas de salsa Perrins cuando veamos que está cogiendo color, ayudará a que nos queden más dorados. Pura coquetería, en realidad. Sobre una de las piezas de carne colocamos el pimiento (cortadito en tiras, si queremos) y lo cubrimos con la otra parte. Puesto en un plato, calentamos un poco de queso roquefort en un cacillo con un poco de leche evaporada Ideal (procurando que el queso quede bastante entero, que luego le da más prestancia al invento) y lo echamos sobre la carne. Un poco engorroso de contar, pero sencillísimo de hacer.

 

"Vos siempre...", de Gema Ibáñez


Hoy publico un escrito de Gema Ibáñez, una bloguera argentina de la que admiro su forma racial de escribir, de expresarse, de transmitir sentimientos normales, casi costumbristas, con una expresividad como “de todos los días”, carente de la sofisticación de la literatura pseudoculta o elitista.

La conocí, cibernéticamente, en uno de esos recorridos por páginas Web recomendadas. Me gusto lo que escribía. Le pedí autorización para publicar algo suyo. ¿Lo mejor de todo? Que me la dio, que me ofreció sus textos para que hiciera con ellos lo que quisiera.

Respeté su léxico porteño, esa forma de expresarse tan próximo a nosotros como gallegos (Buenos Aires es “nuestra” quinta provincia) como puede serlo el tango o el churrasco con sus criollos.

El relato se titular “Vos siempre…”.

Alfredo Webmaster

 



Vos siempre… (Gema Ibáñez)

Me gusta verte cuando dormís, ¿sabés?

Me gustan todas aquellas veces que estando fastidioso te movés de acá para allá, me abrazás, abrís los ojos, me das un beso, te volvés a dormir, te das vuelta, respirás profundo profundo así como un suspiro, y después volvés a tu deber.

También me gusta tu café con leche, el tuyo y el que me hacés. Cuando estoy cocinando, y me retás porque siempre hago todo yo. O cuando me abrazás por atrás y me decís cuánto me querés, “chiquita linda”.

Me da risa cuando apoyás tu cabeza en la mesa y protestás diciendo que tenés fiaca, que querés que lleguen las vacaciones, o cuando te agarra un calambre y me acusás de que estás lesionado por mi culpa, entonces yo te acuso a vos, y terminás diciéndome pata chorreada o en su defecto, mugrienta.

Divertido es cuando montás semejante espectáculo con el toallón que usás después de ducharte o camino a la ducha.

“¡Qué moños que le hacés a la tarta!”- decís sin entender nada de cocina, de cómo lo pude hacer tan rápido.

Y cuando me explicás química, te ponés tan serio, y me explicás cosas que no van al caso, y me encanta, aunque te grite, y al mismo tiempo no te esté gritando a vos.

Soy muy observadora, es verdad. Pero si no lo fuera, me perdería de todas éstas cosas que me hacen sonreír.

Porque no es difícil aguantarte, porque no lo hago. Es un placer, un placer que yo solita me tomo.

Sé que me enojo y digo que me puedo valer por mí misma, que no quiero que me pagues las cosas, que no te preocupes y cuántas cosas más, pero… la puta, qué bueno es que  todas éstas cosas no falten.

Menudo desastre en el que me metí, es lo que me han dicho, pero aún así, aunque me pegues tus malas costumbres (esas que las llaman merendar almorzar y cenar) no voy a poder olvidarme de vos, y algo me dice que te voy a querer por mucho tiempo más, con una ternura inexplicable, con un temor que aboga en mis sentidos, con el rubor de tus mejillas que me prestaste después de haberte dicho todas aquellas cosas que te hacían saltar.

Pero qué importa, no tengo nada que hacer al respecto.

Sigo siendo tu “yo me cuido solita” y vos mi “aflójate”; quizás mañana sea al revés, pero sea como sea, mañana, pasado y quizás el día que le siga, ésta mengana seguirá acá.

 

Caperucita y el lobo machista


Por Arturo Pérez-Reverte para xlsemanal.com

Hoy me he levantado con talante. Como después de haber publicado 'El pequeño hoplita' –un cuento sobre un niño en las Termópilas, que tanto debe a su magnífico ilustrador, Fernando Vicente– le tomé el gusto a la narrativa infantil, he decidido echar un cable. Ayudar a que nuestra ministra de Igualdad y Paridad, Bibiana Aído, rubia joya de la corona, haga realidad su bonito proyecto de conseguir que los cuentos tradicionales para pequeños cabroncetes sean desterrados de escuelas y hogares, y dejen de ser un reducto machista, sexista y antifeminista. O que, expurgados y reconvertidos a lo social y políticamente correcto, contribuyan, ellos también, a la formación de futuras generaciones de ciudadanos y ciudadanas ejemplares y ejemplaras. Como está mandado.

Al principio pensaba hacerlo con el cuento de 'Blancanieves y las siete personas de crecimiento inadecuado'; que, como sostiene Bibiana, requiere, título aparte, una remodelación general urgente. Pero ciertos indicios de intolerable violencia machista en la casita del bosque, como que sea una mujer quien cargue con todas las labores del hogar, o que no haya paridad de sexos en el número de individuos que trabajan en la mina –su número impar complica además el asunto–, me decidieron a dejarlo para más adelante. Lo intenté luego con 'La soldadita de plomo y ploma'; y no es por echarme flores, pero lo tenía casi resuelto. Una soldadita de plomo de la ULFF –Unidad Legionaria Femenina Feroz–, terror de los talibanes afganos y de los piratas del Índico, impedida en su extremidad locomotriz por haber caído poco metal en el molde cuando la fundían. O sea, incompleta física de una pierna, para entendernos. O no. Lo que antes se decía, en jerga fascista, coja. Y que, desde su repisa en el cuarto de juegos de una niña, se enamora de un bailarín de ballet de papel maché que está enfrente, puesto tal que así, de puntillas, y que tiene una bonita lentejuela de plata en el prepucio. Se lo leí a mi hija por teléfono, a ver qué tal iba la cosa; pero al llegar a lo de la lentejuela me aconsejó dejarlo. Te van a malinterpretar, dijo. Así que al final me decidí por un clásico inobjetable: 'Caperucita Roja'. Y está feo que lo diga, pero la verdad es que lo he bordado. Creo.

Caperucita Roja camina por el bosque, como suele. Va muy contenta, dando saltitos con su cesta al brazo, porque, gracias a que está en paro y es mujer, emigrante rumana sin papeles, magrebí pero tirando a afroamericana de color, musulmana con hiyab, lesbiana y madre soltera, acaban de concederle plaza en un colegio a su hijo. Va a casa de su abuelita, que vive sola desde que su marido, el abuelito, le dio una colleja a Caperucita porque no se bebía el colacao, ésta lo denunció por maltrato infantil, y la Guardia Civil se llevó al viejo al penal de El Puerto de Santa María, donde en espera de juicio paga su culpa sodomizado en las duchas, un día sí y otro no, por robustos albanokosovares. Que también tienen sus necesidades y sus derechos, córcholis. El caso es que Caperucita va por el bosque, como digo, y en éstas aparece el lobo: hirsuto, sobrado, chulo, con una sonrisa machista que le descubre los colmillos superiores. Facha que te rilas: peinado hacia atrás con fijador reluciente y una pegatina de la bandera franquista, la de la gallina, en la correa del reloj. Y le pregunta: «¿Dónde vas, Caperucita?». A lo que ella responde, muy desenvuelta: «Donde me sale del mapa del clítoris», y sigue su camino, impasible. «Vaya corte», comenta el lobo, boquiabierto. Luego decide vengarse y corre a la casa de la abuelita, donde ejerce sobre la anciana una intolerable violencia doméstica de género y génera. O sea, que se la zampa, o deglute. Y encima se fuma un pitillo. El fascista. Cuando llega Caperucita se lo encuentra metido en la cama, con la cofia puesta. «Que sistema dental tan desproporcionado tienes, yaya», le dice. «Qué apéndice nasal tan fuera de lo común.» Etcétera. Entonces el lobo le da las suyas y las de un bombero: la deglute también, y se echa a dormir la siesta. Llegan en ésas un cazador y una cazadora, y cuando el cazador va a pegarle al lobo un plomazo de postas del doce, la cazadora contiene a su compañero. «No irás a ejercer la violencia –dice– contra un animal de la biosfera azul. Y además, con plomo contaminante y antiecológico. Es mejor afearle su conducta.» Se la afean, incluido lo de fumar. Malandrín, etcétera. Entonces el lobo, conmovido, ve la luz, se abre la cremallera que, como es sabido, todos los lobos llevan en la tripa, y libera a Caperucita y a su provecta. Todos ríen y se abrazan, felices. Incluido el lobo, que deja el tabaco, se hace antitaurino y funda la oenegé Lobos y Lobas sin Fronteras, subvencionada por el Instituto de la Mujer. Fin.

 

Receta Falsaria: Sardinas "desde la lata a Bilbao vengo por toda la orilla"


Se marcha un año más la navidad y al irse nos deja los bolsillos vacíos, la tarjeta de crédito exhausta y la nevera arrasada. Pero allí, al fondo, en aquel blanco desierto frío, junto a una lechuga medio pasada y un bote de pepinillos en salsa agridulce que os dejó en herencia el anterior inquilino, vemos un brillo de esperanza: es una lata de sardinas en aceite.

La cosa, reconozcámoslo, no tiene buena pinta gastronómicamente hablando, pero ¿vamos a resignarnos por eso a comer mal? No si Falsarius Chef puede evitarlo.Y puede.

Ingredientes: 1 lata de sardinas en aceite, perejil, aceite de oliva virgen extra, 1 limón y sal gruesa.

Preparación: abrimos la lata y escurrimos el aceite (no por el fregadero, por favor, que luego va al mar, nos quedamos sin sardinas y a ver qué enlatamos el año que viene). Apoyamos un cuchillo en el medio de cada sardina y, presionando un poco, veremos que se abre fácilmente por la mitad. Les quitamos la espina y ponemos tres o cuatro mitades (las que no veamos capaces de manipular rápido y sin agobios) en la sartén previamente caliente y sin aceite (con el que les queda de lata aunque las hayamos escurrido bastará). Primero por el lado sin piel un momento, luego les damos la vuelta rápido y les ponemos un chorreón de limón, un poco de perejil y un poco de sal gorda. Las mantenemos un segundo más y fuera. Repetimos la operación con todas las sardinas y las ponemos en el plato de servir con un poco de aceite de oliva por encima y espolvoreándolas con un poco más de perejil. Como en la mismísima playa, oiga.

 

La geisha que no pude pisar


La geisha que no pude pisar, por Arancha Ames

Miro su fotografía y los recuerdos acuden a mi mente, con precisión, con una claridad que me sorprende: han transcurrido más de treinta años desde aquella primavera en Japón.

A mis dieciocho años comenzaba a asomarme al mundo de la mano de mi hermano en la China post Mao Zedong. Durante tres meses me empapé de la cultura del país.

Todo era nuevo y distinto para mí; algunas vivencias convulsionaron mis ideas preconcebidas sobre la China que llamábamos maoísta y los conceptos de vida de un joven de sólo dieciocho años, en la España preconstitucional.

Pero fue durante mi viaje de regreso a casa cuando realmente viví la experiencia más impactante y maravillosa, un recuerdo que guardo en mi memoria con nitidez y ensoñación.

La vuelta a España tenía una escala en Tokio; aprovechando el viaje, hicimos una pequeña parada de apenas dos días para conocer la ciudad. Fue otro choque de culturas: las diferencias entre la nuestra y la oriental se hizo aún más evidente.

En medio de un parque, en una casa tradicional rodeada de jardines, las geishas nos recibieron con sonrisas educadas y traviesas (y tímidas, a la vez). Con delicada suavidad, casi etérea, acompañaron nuestros torpes pasos a una de las habitaciones de la casa de té.

Allí, rodeados de paredes de madera recubierta de paja tejida y motivos religiosos, nos desnudaron completamente, acariciaron nuestro cuerpo para hacerlo entrar en calor, lo frotaron con unas esponjas toscas de aromas embriagadores bajo la cálida luz de las velas que llenaban todos los estantes y mesas.

Con unas regaderas lavaron nuestros cuerpos con agua muy fría, sacando de él todo rastro de suciedad y del aroma de las esponjas. Después, nos introdujeron en las aguas calientes, muy calientes, del ofuro de madera de hinoki.

Cubiertos de agua hasta la barbilla, mecidos en el calido vientre del ofuro -¿Un minuto, media hora, una hora…?-, nos relajamos mientras escuchábamos el tañir del shanshin y el ruido suave del agua caliente que, a pocos, iban añadiendo las geishas.

Embriagados por el olor que desprendía la madera y acariciados por las manos, y los cuerpos, expertos que masajeaban nuestras cabezas, espaldas, muslos, pecho, rozamos el cielo y vivimos el placer más sensual.

Después -¿Un minuto, media hora, una hora…?-, nos envolvieron en enormes y calientes toallas blancas, secándonos despacio, con suaves roces y cálidos abrazos.

Para que no sintiéramos el frío del suelo de madera y estera, se inclinaron ante nosotros hasta quedar totalmente recostadas, invitándonos a pisar sus hermosos cuerpos desnudos.

Yo no pude: me arrepiento.

 

Vigésimo primer relato: Inocencia contra realidad


Inocencia contra realidad, por Cristián Aranda

Gracias, Cristián,

Alfredo Webmaster



Cuentan de un padre que dirigía toda su ira hacia las manos de su hijo, con castigos brutales que le dejaban marcas y grandes dolores.

Todo terminó el día que su ira llegó a su punto máximo.

Unos dicen que fue porque rompió el tapizado del auto, otros por que no hizo caso a una de sus órdenes... En realidad, el motivo es lo de menos; lo que importa es que los golpes fueron tan fuertes, tan violentos, que tuvieron que amputarle sus dos manos.

Al terminar la operación, vi a los doctores salir llorando del quirófano. Y fue ahí cuando lo oí.

Sentado en la sala de espera, oí los llantos del niño: "Papi, por favor, te prometo que me voy a portar bien… pero devuélveme mis manitos".

 

Introspecciones de otoño


Anteayer me llegó un mensaje a mi teléfono. El texto era enigmático pero muy hermoso: “Pude haberle conocido paseando por el 'Jardín Botánico', tomando un té en el 'Café de la Ópera' con una novela de Javier Marías o en una proyección de 'Sostiene Pereira'. Pero no sé nada de él… Sólo que cuando le conozca, sentiré que la vida es bella y en colores”. El número desde el que me llegó el mensaje no estaba entre los grabados en mi agenda.

La verdad, me sorprendió.

Hoy me entró un e-mail que decía: “La búsqueda de ‘Cry Baby’ de Janis Joplin me condujo hasta su Web, no tenía el disco y en ese momento me apetecía escucharla. El mensaje que le dejé en el móvil es de un poema de mi poemario <Con un destino en el aire>”. Venia firmado por Montse Escribano.

No tengo el gusto de conocer a Montse, pero su poema me gustó mucho y por eso lo publico.

Alfredo Webmaster

 

Introspecciones de otoño

 

A menudo aparece un vacío,

como si no tuviera fondo, no tuviera alma.

Es momento de lanzar las redes

que filtren lo mejor que me pueda dar la vida.

De encontrar al maestro, al amigo

y al amante que me complementen.

 

Sobre todas las demás voces,

es momento de seguir mi propia voz

en las infiltraciones de mi alma,

que mi conciencia no sea mi más íntimo enemigo.

 

Pude haberle conocido

paseando por el Jardín Botánico,

tomando un té en el Café de la Ópera

con una novela de Javier Marías

o en una proyección de Sostiene Pereira.

Pero no sé nada de él…

Sólo que cuando le conozca,

sentiré que la vida es bella y en colores.

 

Sherezade


Sherezade, relato de Arancha Ames (Santiago de Compostela)



Sentándose sobre los mullidos cojines, Sherezade cruzó sus piernas. Clavó sus ojos tristes en los ojos del sultán: una vez más encontró el vacío. Hacia mucho tiempo que ya sólo veía una mirada perdida en el opaco cristal de sus pupilas.

Lo sabia: era mujer.

Había dejado transcurrir una y otra noche, demasiadas, incapaz de enfrentarse a la realidad de que sus historias iban perdiendo brillo, al tiempo que lo hacia el interés del sultán.

Aquella noche seria la última. Se iría sigilosa, perdiéndose entre la neblina de la noche que dejan paso al incierto día.

Sabía que no la echaría de menos, que encontraría consuelo en unos nuevos ojos que sí devolverían su mirada.

Algún día, quizá lejano, quizá no tanto, en una noche oscura y larga de sueños agitados, el sultán se despertaría, sobresaltado, buscando algo que ni siquiera sabría que era. Cerrando sus ojos y dibujando una sonrisa en sus labios, una historia perdida en su memoria le reconfortaría: Sherezade vivirá siempre en su interior (él aún no lo sabe) porque cuando dos almas comporten el mismo dolor, se convierten en una sola, y eso es más fuerte que el amor o que el deseo.

Cerró sus ojos y dejó que las palabras, suaves como el agua de un oasis, se deslizaran por su garganta...

 

Vigésimo relato: Desnudándose al teléfono


Desnudándose al teléfono, relato de Arancha Ames (Santiago de Compostela)



Un par de llamadas; una imagen esbozada de aquel extraño. Apenas una ventana entreabierta. Sabía de sus ideas políticas, de su visión de la vida, de sus gustos en arte. Y absolutamente nada de lo que realmente importa.

Desconocía el color de sus ojos; no sabía a qué olía su cuello, en ese pliegue donde se concentra el olor del hombre.

Ignoraba la fuerza de su mano al estrecharla y ni siquiera podía imaginar el tacto de su piel. No había sentido su aliento ni el sabor de sus labios, pero llevaba casi una hora hablando con él como si lo conociera de toda la vida. Viajaba con él en su coche, se reía con sus chistes; reconocía su sutil ironía y su ingenio chispeante. La transportó a países lejanos, a culturas diferentes.

Entró con él en su casa, desde la distancia, con los ojos cerrados. Sintió el mismo calor que sentía él, el calor que emanaban sus paredes golpeadas por el sol de un largo día. Rió cuando le escuchó quejarse por las ventanas impúdicas a cuyo través se filtraba un infierno bochornoso. Le escuchó abrirlas, buscando el aliento tenue de una brisa refrescante.

Y entonces ocurrió: deseó despojarse de la ropa que le ahogaba. Y se lo dijo.

Se lo dijo mientras le contaba como se iba desprendiendo una a una de aquellas prendas opresoras.

Primero fueron los zapatos; ella sonrió e hizo un comentario estúpido mientras él dejaba escapar un suspiro, casi un orgasmo de placer. Después los calcetines: era el momento más erótico del preludio de sexo.

Le tocó el turno a la corbata que como una soga de seda atenazaba su cuello. Lo imaginó casi arrancándola, con un movimiento salvaje y varonil.

La chaqueta cayó inmediatamente, deslizándose suave de sus hombros hasta alcanzar la cama. Lo evoco delicado mientras desabotonaba la camisa, lentamente, botón a botón. Casi llegó a sentir el roce de la piel desnuda cuando se la quitaba.

Cuando le llegó el turno a los pantalones, se le empezaron a despertar deseos dormidos, necesidades que creía apagadas para siempre. Con los calzoncillos bajando por sus muslos, le empezó a palpitó su sexo: sintió humedad.

Desnudo sobre la cama, hablando, ella anheló que la distancia que les separaba no fuese distancia.

Colgaron el teléfono.

Supuso que todo volvería a ocupar su lugar, que volvería el sosiego, que se apagaría la pasión. Se equivocó.

Cuando suena el teléfono lo vuelve a ver desnudo, en un dèjá vu que se repite una y otra vez: ¡Llámame!

 

 

 

Decimonoveno relato: Despedida


Despedida, relato de Cristián Aranda, de Chile



La besó. Volvió a besarla. Siguió besándola. La encerró entre sus brazos. Acarició sus hombros. Ella volaba, soñaba, reía. Un instante de amor es eterno.

La besó una vez más. No podía separarse. No deseaba dividirse.

Ella cruzó la avenida. Él la observó atento. Ella volvió la cabeza. Él la saludó con un gesto. Ella se perdió entre la gente. Él se quedó sin la gente. Ella llegó a su oficina. Él dispuso el día libre.

A las 20 ella regresó a la esquina. Él nunca regresó.

Ella cree que encontró la infidelidad.

Él cree que conoció la libertad.

 

Decimoctavo relato: Aparición


Aparición, relato de Cristián Aranda, de Chile



Bailó con ella toda la noche. Lo sorprendió el amanecer. Me tengo que ir, dijo ella; él la acompañó. Caminaron hasta el final de avenida Sarmiento, donde los árboles abren paso al campo y el pueblo se termina.

- ¿Pero dónde vives?

- Acá. - Y lo saludó con la mano agitando su falda blanca manchada de chocolate...

Luego atravesó las rejas del Cementerio Municipal sin tocarlas, como si fuera parte del viento, y desapareció en el aire húmedo del amanecer.

 

Decimoséptimo relato: Sueños


SUEÑOS, relato de Isabel Fernández



El mar golpea de nuevo mis entrañas. Me gusta el agua. Sólo a ratos, cuando yo quiero.

Me acerqué a ella buscando libertad, pureza... pero necesito pisar tierra, me he cansado de nadar.

Intento desesperadamente llegar a la orilla. Me entusiasmo cada vez que toco pie y me acerco a ella... pero la corriente es fuerte y muchas veces me arrastra mar adentro.

Lloro y mis lágrimas se mezclan con las olas. Ambas son saladas. Siento que me abandonan las fuerzas. Me dejaré llevar a la deriva mientras descanso otro poco más.

Cierro los ojos mientras me relajo. Me da por pensar que ya soy parte del mar que jamás volveré a pisar tierra, y me asusta.

Me centro para tranquilizarme en las sensaciones que me transmiten las texturas del agua tan fría... su olor me embriaga hasta el punto de disolverme en ella...

Nada volverá a ser igual.

 

Hombres medicina


Juan José Millás para El País, 24/10/2008

La Iglesia ha vuelto a armarla con ese crío andaluz, popularmente llamado el bebé medicina, que para los obispos ha nacido con dos pecados originales: el de todos nosotros y el de la ingeniería genética. El de todos nosotros, por cierto, comienza a cargar. La Conferencia Episcopal no ha pedido perdón por los crímenes reales cometidos por los suyos en colaboración con Franco hace poco más de dos días, y pretende que usted y yo nos demos golpes en el pecho por algo sucedido en el principio de los tiempos y en el interior de una novela (la Biblia), que por otra parte nos parece magnífica. ¿Cómo se puede vivir en una confusión de este tamaño?

Dos pecados originales, pues. Pobre niño, con menuda carga simbólica viene al mundo. Tendrá que sufrir por lo que hizo Eva y por lo que hicieron los médicos. Históricamente hemos aceptado que los hijos sean producto del azar, fruto del deseo, mano de obra barata u objetos de consumo. ¿Por qué no admitir esta función salvadora que no excluye ninguna de las otras? ¿Por qué referirse al niño, peyorativamente, como el bebé medicina? ¿Acaso no fue Cristo un hombre medicina? Después de todo, vino al mundo con el objeto de salvar, no ya a un hermano, sino a la humanidad entera. En cuanto a su concepción, también fue el resultado de algún tipo de manipulación genética, pues su madre se quedó embarazada sin comerlo ni beberlo, por medio de una paloma, eso es lo que dicen. ¿A qué, pues, tanto escándalo con el bebé medicina? En lugar de satanizarle, pobre, deberían celebrar su llegada como una revelación. Ojalá todos los seres humanos fueran alumbrados para salvar a alguien. La humanidad entrará en una nueva era el día en el que la reproducción -asistida o no- carezca de otro sentido que el de provocar la vida, pues hasta ahora sólo hemos demostrado cierta habilidad para producir la muerte.

Frío...


Escrito por Tareixa “Targeixa”, de A Coruña: gracias, Tareixa.

Alfredo Webmaster



 Frío na primavera
luz intensa que non chega ó solpor
o recendo da merda
independencia
afastamento
intemporalidade
beleza na vellez
verdor e pedra
verdor de pedra
verdor da pedra.

- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - 

En algún lugar desconocido existe un mundo de fantasía donde la magia es un hecho cotidiano.
A ese lugar se escapan los sueños cuando ya en este mundo no encuentran alimento.
Van allí entonces y la imaginación despierta a un océano de sensaciones policromadas.

El profesor


No sé dónde lo leí ni sé a quién pertenece, recuerdo que, fuera donde fuera donde lo copié, figuraba como de autor anónimo.

No sé si os gustará o sólo os parecerá el típico pensamiento de un manual de autoayuda pero a mí, al menos a mí, me hizo recapacitar: tengo mi bote de vidrio demasiado lleno de arena, con bastantes perdigones y pocas pelotas de golf.

Alfredo Webmaster

 



Sin decir palabra, un profesor de filosofía delante de sus alumnos, en clase, cogió un bote grande de vidrio y procedió a llenarlo con pelotas de golf.

Después, preguntó a los estudiantes si el bote estaba lleno. Los estudiantes estuvieron de acuerdo en decir que sí. El profesor cogió una caja llena de perdigones y los vació dentro del bote. Estos llenaron los espacios vacíos que quedaban entre las pelotas de golf. El profesor volvió a preguntar de nuevo a los estudiantes si el bote estaba lleno; ellos volvieron a contestar que sí.

A continuación, el profesor cogió una caja con arena y la vació dentro del bote: la arena llenó todos los espacios vacíos. El profesor volvió a preguntar de nuevo si el bote estaba lleno. En esta ocasión los estudiantes le respondieron con un sí unánime. El profesor, rápidamente añadió dos tazas de café al contenido del bote y, efectivamente, llenó todos los espacios vacíos entre la arena.

Los estudiantes reían.

Cuando la risa se fue apagando, el profesor les dijo: "Quiero que os imaginéis que este bote representa la vida. Las pelotas de golf son las cosas importantes de la vida, como la familia, los hijos, la salud, los amigos, el amor; son las cosas que nos apasionan. Son las cosas que, aunque perdiéramos todo y nada más nos quedase, nuestras vidas aún estarían llenas. Los perdigones son las otras cosas que nos importan, como el trabajo, la casa, el coche, las vacaciones... La arena es el resto de las pequeñas cosas"

Continuó diciendo:

"Si primero pusiéramos la arena en el bote, no habría espacio para los perdigones, ni para las pelotas de golf.

Lo mismo sucede con la vida. Si utilizáramos todo nuestro tiempo y energía en las cosas pequeñas, no tendríamos nunca espacios para las cosas realmente importantes.

Prestad atención a las cosas que son cruciales para nuestra felicidad: id con tu pareja a cenar, jugad con vuestros hijos, concederos tiempo para ir al médico, para practica algún deporte, para disfrutar con vuestra afición favorita..."

Terminó con una recomendación final:

"Siempre habrá tiempo para limpiar la casa, para reparar la llave del agua. Ocúpate primero de las pelotas de golf, de las cosas que realmente te importan. Establece tus prioridades: el resto sólo es arena".         

Uno de los estudiantes levantó la mano y le preguntó qué representaba el café. El profesor sonrío y le dijo:

Me encanta que me hagas esa pregunta! El café lo que nos demuestra es que, aunque tu vida te parezca que está llena, siempre habrá un lugar para tomaros dos tazas de café con un amigo."

Dulce melancolía


De Isabel Fernández, de Vigo

Días dulces y tiernos que atesorar por siempre

que hacen percibir la realidad diluirse paulatinamente,

sintiendo que vives una ensoñación entre las nubes.

 

Días dulces y tiernos que supieron a poco

llenos de luz, de palabras, de ideas, de ilusión...

momentos vividos en los que el tiempo se detuvo.

 

Días dulces y tiernos que fueron perfectos.

Llenos de pequeños detalles, de risas, de afecto,

de curiosidad, de pasos, de besos, de aliento.

 

Días dulces y tiernos que hoy duele mirarlos

recordando el nudo en el instante de despedirse,

sabiendo que es muy posible no volver a vernos.

 

Días dulces y tiernos cuyo abrazo estimula fantasías

haciendo creer que todo es posible,

incluso aquella tenue promesa

de volver a encontrarse pronto... muy pronto.

Décimo sexto relato: La lista de la compra

 

El pasado sábado en el supermercado, mientras pasaba los tomates, me robaron la lista de la compra, me la quitaron del carro.

Entiendo que llame la atención un folio escrito en ordenador, tan profesional; así soy de organizada: el menú de la semana y, más abajo, la lista de lo que necesito, ordenada por temas.

No es una gran pérdida, guardo la lista original en el disco duro, pero nadie tiene por qué saber que el martes tenía restos de roti de ternera para cenar y el miércoles lomos de cordero con zanahoria.

Han invadido mi intimidad…

 

 

Décimo quinto relato: Tararí...

 
Ayer, en el supermercado, me topé con una chica que llevaba puesta una camiseta verde de tirantes; en el pecho ponía: "Tararí que te vi".

Me acerqué a ella, y señalando la frase con el dedo, le dije: "Soy Tararí. Y yo a ti".
 
 

Trece líneas para vivir, de Gabriel García Márquez “Gabo”


  1. Te quiero no por quien eres, sino por quien soy cuando estoy contigo.
  2. Ninguna persona merece tus lágrimas, y quien se las merezca no te hará llorar.
  3. Solo porque alguien no te ame como tú quieres, no significa que no te ame con todo su ser.
  4. Un verdadero amigo es quien te toma de la mano y te toca el corazón.
  5. La peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener.
  6. Nunca dejes de sonreír, ni siquiera cuando estés triste, porque nunca sabes quien se puede enamorar de tu sonrisa.
  7. Puedes ser solamente una persona para el mundo, pero para una persona tú eres el mundo.
  8. No pases el tiempo con alguien que no esté dispuesto a pasarlo contigo.
  9. Quizá Dios quiera que conozcas mucha gente equivocada antes de que conozcas a la persona adecuada, para que cuando al fin la conozcas sepas estar agradecido.
  10. No llores porque ya se terminó, sonríe porque sucedió.
  11. Siempre habrá gente que te lastime, así que lo que tienes que hacer es seguir confiando y solo ser más cuidadoso en quien confías dos veces.
  12. Conviértete en una mejor persona y asegúrate de saber quien eres antes de conocer a alguien más y esperar que esa persona sepa quien eres.
  13. No te esfuerces tanto, las mejores cosas suceden cuando menos te las esperas.

(Enviado por Karen López, desde Colombia: gracias, Karen)

Las cosas perdidas


Un día lo vi distinto. Tenía la mirada enfocada en lo distante. Casi ausente. Pienso ahora que tal vez presentía que ése era el último día de su vida.

Me aproximé y le dije:

- ¡Buen día, abuelo!

Y él extendió su silencio. Me senté junto a su sillón y luego de un misterioso instante, exclamó:

- ¡Hoy es día de inventario, hijo!

- ¿Inventario? - pregunté sorprendido.

- Sí, ¡El inventario de las cosas perdidas! - me contestó con cierta energía y no sé si con tristeza o alegría. Y prosiguió:

- En el lugar de donde yo vengo, las montañas quiebran el cielo como monstruosas presencias constantes. Siempre tuve deseos de escalar la más alta. Nunca lo hice, no tuve tiempo ni la voluntad suficiente para sobreponerme a mi inercia existencial.

- Recuerdo también a Mara, aquella chica que amé en silencio por cuatro años; hasta que un día se marchó del pueblo, sin yo saberlo.

- ¿Sabes algo? - continua el abuelo- También estuve a punto de estudiar ingeniería, pero mis padres no pudieron pagarme los estudios. Además, el trabajo en la carpintería de mi padre no me permitía viajar. ¡Tantas cosas no concluidas, tantos amores no declarados, tantas oportunidades perdidas!

Luego, su mirada se hundió aún más en el vacío y se humedecieron sus ojos. Y continuó:

- En los treinta años que estuve casado con Rita, creo que sólo cuatro o cinco veces le dije “te amo”.

Luego de un breve silencio, regresó de su viaje mental y mirándome a los ojos me dijo:

- Este es mi inventario de cosas perdidas, la revisión de mi vida. A mí ya no me sirve. A ti sí. Te lo dejo, como regalo para que puedas hacer tu inventario a tiempo.

Y luego, con cierta alegría en el rostro, continuó con entusiasmo y casi divertido:

- ¿Sabes qué he descubierto en estos días?

- ¿Qué, abuelo?

Aguardó unos segundos y no contestó, sólo me interrogó nuevamente:

- ¿Cuál es el pecado más grave en la vida de un hombre?

La pregunta me volvió a sorprender y sólo atiné a decir, con inseguridad:

- No lo había pensado. Supongo que matar a otros seres humanos, odiar al prójimo y desearles el mal ¿Tener malos pensamientos, tal vez?

Movió su cara de lado a lado, como reacción a mi respuesta errada. Me miró intensamente, como remarcando el momento y en tono grave, y firme me señaló:

- El pecado más grave en la vida de un ser humano es el pecado por omisión. Y lo más doloroso es descubrir las cosas perdidas sin tener tiempo para encontrarlas y recuperarlas.

Al día siguiente regresé temprano a mi casa, luego del entierro del abuelo, para realizar en forma urgente mi propio inventario de las cosas perdidas.

(Enviado por Antonio Romeu, de Vigo: gracias, Antonio)

Relato "Quiero vivir mi vida..." (2)

 

Continuación del relato publicado el 18 de enero de 2008: "Quiero vivir mi vida..."



"Y el tiempo pasó.

Pasaron los días, las semanas, los meses; no fueron muchos pero sí los suficientes para sentir que los días habían ido cayendo uno detrás del otro, y otro del siguiente, inexorablemente.

Se notaba el paso del tiempo, en todo…

Para ninguno de los dos la vida fue como habían imaginado, nada sucedía como lo habíamos previsto, ningún plan era perfecto, nada (nadie) era el ideal buscado.

Los vacíos eran igual de vacíos y los momentos llenos eran sólo medio llenos: cuando no era por un gusto era por una afición, cuando no era por una apetencia era por un concepto, cuando el sexo unía separaba la mañana del día siguiente.

Él se había quedado ocupando los espacios compartidos, los lugares comunes, los recuerdos de tiempos mejores. Su vida se fue adaptando a la cruda realidad de la ausencia, a vivir (malvivir) con las peores costumbres de los peores tiempos, a la inconsistencia de lo cotidiano. Su nueva vida se convirtió en un cúmulo de momentos, no de vida.

Ella… ella, simplemente, desapareció perdida en medio de la lejana cercanía de pocos kilómetros, en un espacio distinto, con distintos protagonistas. Sus primeros silencios se fueron convirtiendo en el Silencio, con mayúsculas.

De su vida poco supo, apenas algunos ramalazos de noticias robadas.

Un nuevo capítulo de sus vidas se estaba escribiendo".

 

Decimocuarto relato: El amor

 
 
El amor, por Hilario García

 
Era un donjuán. Ésa era al menos la fama que tenía.
 
Volvió al cabo de una semana: estaba enamorado.
 
Se llamaba Fátima.
 
Decía que no podía concentrarse en nada, que todo se le caía de las manos, que por primera vez en su vida estaba enamorado.
 
A los dos días llamó su hermano: tenía hapatitis. Había confundido los síntomas.
 
Claro, nunca le había pasado.
 
 

Los amorosos, de Jaime Sabines

Una aportación de Isabel, de Vigo

Los amorosos, de Jaime Sabines

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.

Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se estan yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre- ¡que bueno!- han de estar solos.

Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.

En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.

Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.

Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.

Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.

Jaime Sabines

 

Yo, superventas


Yo, superventas” es el título del artículo escrito este último sábado por Juan Goytisolo para el suplemento de cultura Babelia de El País.

Con un lenguaje muy directo y con expresiones que a algunas (pocas) personas podrían molestar (sólo a las muy conservadoras o poco abiertas), “Yo, superventas” es una sátira descarnada y burlesca de la situación a la que ha llegado la sociedad de la información escrita y visual (algunas revistas y programas de televisión) cuando exponen a la luz pública la carnaza más putrefacta de la sociedad, los personajes más retorcidos y siniestros, las profesiones más deleznables y sórdidas, y nos los presentan como los nuevos VIP’s, como los protagonistas de noticias que no son noticia, los adalides de la libertad de expresión y el ejemplo de una nueva forma de ver la vida.

Juan Goytisolo expresa muy bien lo que a algunos nos gustaría hacer igual de bien: escribir un texto en el que reflejar una sociedad podrida por el dinero, la falta de escrúpulos y el afán de protagonismo (fama), lo que lleva a algunos personajillos a anteponer unos instantes de gloria (supuesta) antes que la salvaguarda de su dignidad como ser humano.

Alfredo Webmaster

 

Yo, superventas”, por Juan Goytisolo

Fui violada por mi padre a los ocho añitos mientras mi madre fotografiaba la escena y se masturbaba con ayuda de un vibrador. Azuzados por los hurras de mis progenitores, mis tres tíos me sodomizaron por turno al tiempo que mi propio hermano se orinaba en mi cuerpecillo maltrecho.

Después de soportar un sinfín de vejámenes, logré huir a un centro de acogida de niños maltratados con la ilusión de empezar una nueva vida. Pero mi supuesto tutor resultó ser un pedófilo consumado y me sometía a diario a crueles suplicios: me amarraba a un potro de gimnasia y acallaba mis gritos con una mordaza de cuero.

Acabé por escapar de sus garras y me refugié en un monasterio en la creencia pueril de arribar a buen puerto. ¡Pobrecilla de mí! El prior me arrastró a una cripta gótica y, en presencia de los demás monjes, no sé si cátaros, priscilianistas o alumbrados, se ensañó conmigo con mayor ferocidad que sus antecesores. Luego, él y los exorcistas que pretendían arrancarme el diablo del cuerpo filmaron la ceremonia para enviarla, según me dijeron, a un cardenal de la curia romana aficionado a hechicerías y ritos milenaristas.

Un día conseguí burlar la vigilancia de mis custodios, resuelta a vivir al fin y a actuar por mi cuenta. Me prostituía en un bosque frecuentado por catadores de carne fresca hasta que un chulo me forzó a currar para él. Abusaba de mí y se apropiaba de mi dinero. Con la flaqueza propia de mi sexo, me enamoré de su sonrisa: soñaba que un día se retiraría del oficio y se casaría conmigo. Creía la dicha al alcance de la mano, pero la mafia me secuestró en el pinar de mis trabajos y penas.

Eran cuatro, cuatro afganos barbudos que, para esclavizarme, me violaron y sujetaron a la barbarie de sus creencias. Trabajé en adelante en un club de alterne y, cuando me resignaba ya a su explotación y maltrato, una banda islamista rival, especializada en el tráfico de drogas y trata de blancas a fin de reunir fondos y comprar armas para sus atentados suicidas, irrumpió en el local a tiro limpio y lo cubrió de regueros de sangre y casquillos de bala. ¡Para qué seguir si esto es sólo el comienzo!

Ahora, mi agente está negociando la venta de mi historia con los medios de comunicación y hay una verdadera arrebatiña para su adaptación cinematográfica y televisiva. Y no digo más hasta que inicie la campaña de promoción.

Mi producto, dicen, está destinado a arrasar y situarse a la cabeza de los más vendidos del año. Me piden ya una segunda y tercera parte, y no lo duden: ¡la tendrán!

Decimotercero relato: Viaje en corto

Relato enviado por Antonio, de León.

""Abro la ventana de mi habitación y me llega un olor a sardinas asadas. Son mis vecinos chinos, que están haciendo una barbacoa en el jardín.

El olor a sardinas asadas me traslada mentalmente a la playa durante una noche de San Juan, y la charla que mantienen entre ellos me lleva directamente hasta la República Popular China; es como si estuviera viviendo una noche de San Juan en una playa de la República Popular China, y todo ello sin moverme de mi cuarto, sólo con abrir la ventana.""

Decimosegundo relato: Vagabundo, de Ana Belio

Este breve relato, obra de Ana Belio, me parece delicioso. Sé que lo escribió para publicar en su página pero lo ha querido compartir conmigo (y con todos vosotr@s).

Espero que os gusta tanto como me gustó a mí: gracias Ana.

Alfredo - Webmaster

Vagabundo

Me contaba un vagabundo que por las noches se perdía en la luz de las estrellas. Eran estrellas palpitantes bajo el techo del horizonte de sus ojos.

Él no reparaba en esos techos blancos encerrados entre las cuatro paredes de una ciudad, porque su techo se adornaba con la lámpara que las estrellas dibujaban en su cielo.

Se cobijaba aunque el frío tatuara sus huesos, con la luz de luces del firmamento.

Se mecía en la invitación flagrante del punto blanco sobre negro, dando imaginación a sus futuros sueños.

Sentía en unos instantes la libertad de poder tocar las estrellas.

Se sentía libre, mientras el mundo giraba por debajo de sus estrellas.

Se dormía cuando su cuerpo ya no era capaz de reconocer a su alma.

Cuando el sol ocultaba las luces que engendraban sus más maravillosos sueños, el ruido de la realidad le daba bofetadas de soledad e indiferencia, porque su techo se había convertido en numerosas pisadas que antes sus ojos le pisoteaban con total indiferencia.

Se resguardaba bajo cualquier puente, en la esquina que acababa de dejar otro indigente, en la entrada de un metro repleto de miradas ausentes, en el silencio que descansaba al final de su voz cuando pedía o deseaba un bocado caliente, en la sonrisa de aquel niño que ajeno a sus desgracias, le sonreía en un instante.

Me contaba un vagabundo que una noche al despertar el sol tapó sus sueños para siempre… pero las estrellas brillaron bajo el techo de su ausencia.

Persiguiendo una estrella...

Este pequeño relato/poema me lo envió Manuela, desde La Coruña. Es precioso.


Estrella

Sin saber por qué,
ni siquiera qué estrella es,
¿de dónde sale?
¿a dónde me lleva?
...
Creo que voy ciega.
Quizá por eso me siento mal.
Y triste.

Undécimo relato breve: Quiero vivir mi vida

Es triste, descorazonador, pero real... Gracias, Jesús (Pontevedra).

Alfredo – Webmaster

""- Quiero vivir mi vida – dijo ella.

Él la miró intentando buscar una huella de mentira en sus labios, una sombra de tristeza en su mirada, un atisbo de nervios que la pudiera delatar. Pero su belleza serena tan sólo transmitía firmeza.

Era cierto. Había sucedido. Estaba diciendo la verdad. Le estaba diciendo que todo había terminado.

Y esta vez era para siempre.

Él quiso rescatar del baúl de bellos recuerdos los momentos mágicos que habían compartido, en un vano intento de prolongar lo que ya había terminado, pensando que quizás aún no era tarde para los dos.

De repente se vio inmerso en el vértigo de la realidad, sin poder detener la espiral de desamor que parecía sumirle en un torbellino de emociones contradictorias.

La amaba. Y ella había dejado de quererle. La había perdido. Y la necesitaba. Más que nunca.

Ahora lo sabía, lo sentía: la quería.

Una rápida secuencia de instantes felices transcurrió en su mente. Era imposible para él aceptar que no había ya vuelta atrás, que ninguno de aquellos dulces segundos volvería a repetirse.

Cuatro palabras y una relación que moría en un segundo.

No podía aceptar que era el fin. No quería que fuese el fin.

Intentó recordar todas las veces que ella dulcemente se había quejado, todas las ocasiones en que ella había reclamado, insistido, y le había pedido más.

Había perdido infinitas oportunidades para haber evitado el final de su historia. Él se preguntó en aquel preciso instante porque no había reaccionado, porque no le había demostrado que su amor era real, porque no había sabido alimentar su pasión.

Se odió a si mismo por haberse acomodado en tan egoísta postura. Por no haber sido capaz de comprender antes que el amor es un regalo que la vida nos da y también nos arrebata, sin avisar.

Quizás siempre pensó que la poseía para siempre, que simplemente sus protestas y quejas eran después enfados que dejaban paso a deliciosas reconciliaciones. Pensó que ella jamás dejaría de amarle.

Se equivocó.

Ciego y sordo a la realidad había desgastado el límite de su paciencia, había destruido su mundo de sueños y había sido incapaz de apostar por los dos.

Él quiso entonces prometerle todo lo que durante meses había sido incapaz de dar.

Ella ya nada podía hacer, ya no le creía, desencantada y decepcionada, ya tan sólo le quedaba despedirse.

Él ya no estaba en su pequeño universo de sueños, y su alma necesitaba recuperar toda la vida que había perdido a su lado.

- Lo siento, quiero vivir mi vida – repitió ella antes de darse media vuelta y dejarle allí, solo, hundido en su absurda cobardía, echando ya de menos su piel, sus besos, sus caricias y todos los momentos perdidos por su desidia.""

Un relato de Isabel Fernández....

Por Isabel Fernández, desde Vigo 

Todo esto empezó un domingo que me fui deprisa y corriendo a buscar a mi hijo al aeropuerto...

... y como iba pillada de tiempo (para variar... los Fernández somos así) me dejé el tabaco olvidado en casa de mi prima, donde había pasado la noche previa después de una juerga improvisada de las dos. Por cierto... debería llamarla que llevo una semana sin hablar con ella.

Vamos de nuevo al tema que me lío como siempre. Cuando me di cuenta de tal "tragedia" ya estaba en el aeropuerto e ilusa de mí me lo recorrí entero (bueno, tampoco es que sea tan grande) buscando algún comercio que vendiese una de las pocas drogas legales que se despachan internacionalmente... sin éxito. Ya lo sabía yo que no iba a encontrar nada, pero el "no" ya lo tienes ¿no?

Cuando ya me resigné a pasar el mono, me fui hacia el kiosko de prensa a ver si encontraba alguna revista de pasatiempos, crucigramas, sudokus... cualquier cosa que hiciera que estuviese concentrada en algo y me hiciese pasar esos tres cuartos de hora de espera, más la media hora en autobús de vuelta a la urbe a que pudiese comprar otro paquete.

Nada más entrar mis ojos se posaron sobre un pequeño kit cuya caja era de color naranja... todo un tesoro a mis ojos. Y tan sólo costaba 5€ y poco... demasiado barato para mi parecer... yo hubiese estado dispuesta a pagar mucho más por él ya que llevaba tiempo anhelando algo parecido a aquella joya que tenía entre mis manos.

Consistía en un pequeño manual explicativo sobre cómo aprender a hacer juegos malabares y adjuntaba tres pelotas especiales de vivos colores. Hacía mucho, mucho tiempo que no disfrutaba tanto como con esa sorpresa con la que me topé. Fíjate que estaba empezando a sopesar el pedirle al punky de la Calle Príncipe si me podía dar clases, eso sí pagándole. Porque lo de irme a la Escuela de Circo de Orense tampoco me atraía demasiado... un poco lejos ¿no?

Nada más comprarlo me fui a la zona de espera de las llegadas. Me senté en una mesa alta a tomar un refresco y a devorar el manual mientras sobaba las pelotas en mis manos. Estaba radiante de felicidad. Cuando terminé de releerlo unas tres veces, todavía me quedaba media hora (el vuelo se retrasó... pero en ese momento no me importó en absoluto) y como tampoco quería ser el centro de atención, no por vergüenza o algo así, sino que no era mi propósito más que pasar el tiempo jugando y aprendiendo, así que me coloqué en un rincón poco transitado pero desde donde tenía una completa visibilidad de la puerta de salida de pasajeros... para que en cuanto viese a la azafata con mi retoño ir directamente a allí.

Una vez de pie y tras colocar mi sempiterna mochila entre mis piernas (me molestaba colgada en la espalda: quería tener completa libertad de movimientos) me dispuse a practicar lo que acababa de estudiar. Tras un par de lanzamientos poco afortunados le pillé el truco al primer juego, que el autor de este manual le llama "Cascada Con Una Pelota". Y me tiré todo el tiempo de espera perfeccionando el tiro e intentando que cayese la pelota suavemente en mi mano, que no se saliese del espacio malabar... etc.

De vez en cuando veía que niños pequeños que también estaban en la zona de espera, nada más llegar se dieron cuenta de mi presencia y se quedaban absortos con mi simple juego. Me sobrecogía, me sorprendía y me halagaba cómo sus pequeñas caritas relucían con la sorpresa, la admiración que desprendían esos ojos que no paraban de mirarme sin pestañear.

También me di cuenta de lo que son las cosas, de cómo al perder la inocencia de la infancia nos volvemos ciegos a pequeños grandes acontecimientos. No es que fuese yo una gran malabarista, ni mucho menos, pero estaréis conmigo que el aeropuerto no es un sitio muy común donde encontrarse con gente haciendo este tipo de actividades... Y me llenó de orgullo compartir ese pequeño secreto con los niños que me estaban observando. De algún modo, en aquellos instantes se convirtieron en "mis" niños y eso que no hubo cruce de palabras con ellos ni siquiera estuvieron más cerca de mí que de unos cinco metros. Pero era nuestro secreto.

Luego llegó mi hijo, nos fuimos en autobús a casa leyendo juntos el manual, compré tabaco, pasamos el resto de la tarde... y una vez que le acosté, llegó a mi mente la siguiente conclusión...

Con esto no pretendo hacer ninguna apología sobre el tabaco... pero sí que hago un ejercicio de reflexión y me pregunto cuando me suceden este tipo de cosas si realmente existen las casualidades.

Porque desde el 2002, que conocí al profesor de mi hijo en la guarde (que hacía juegos malabares) me entraron unas ganas inmensas de aprender... pero no sabía cómo ya que cuando preguntaba a los que saben... no me dieron respuestas ya que fueron sus amigos quienes les enseñaban.

Cinco años queriendo aprender malabarismo. ¿Y si hubiese tenido tabaco?

Probablemente me hubiese sentado frente al televisor del pequeño bar. Y esperaría allí tomando algo, escribiendo tonterías en servilletas de papel, que es lo que suelo hacer... y me hubiese perdido la oportunidad de poder encontrar ese pequeño hit. De dar rienda suelta a esa pequeña ilusión.

En esa ocasión podría incluso agradecer el tener adicción al tabaco pues me permitió rebuscar algo y sin embargo... lo que encontré superó con creces mis expectativas...

¿Existen las casualidades?

Ser de izquierdas

Cuando el bosque ardió en llamas, los animales comenzaron a correr para salvar su pellejo.

Picaflor Un Picaflor, sin embargo, recogía una y otra vez agua del río para verterla sobre el fuego.

“¿Es que acaso crees que con ese pico pequeño vas a apagar el incendio?” -le pregunta el León.

Yo sé que no puedo solo -responde el pajarito- pero estoy haciendo mi parte“.

Betinho

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