

Restaurante vs restaurante. Cocinero famoso vs cocinero famoso. Menú degustación vs menú degustación. Decoración vs decoración. Servicio vs servicio. Casa Marcelo vs Chef Rivera. Un combate desigual…
Marcelo Tejedor (Vigo, 1967) es el propietario y chef de Casa Marcelo, en Santiago de Compostela, el alma máter de un encantador local ubicado en un espléndido caserón gallego del siglo XVIII, en la calle Huertas de la capital de Galicia. Es, además, uno de los pocos poseedores en mi tierra de una Estrella Michelín, y a fe mía que bien ganada.
Se inició en los fogones bajo la atenta mirada de tres de los grandes, de tres de los más famosos cocineros del mundo: Juan Mari Arzak, Jacques Maximin y Alain Ducasse. De cada uno aprendió algo que ha ido trasladando a su local; de Arzak, “muchas buenas palabras que hablaban de explotar el sentido de la oportunidad”, de Maximin, los consejos de “entregarse al cien por cien en su trabajo” y de Ducasse, “lo importante que es la organización”. El compendio de lo aprendido lo plasma día a día en su cocina.
Marcelo Tejedor forma parte del movimiento de renovación de la cocina gallega, la que agrupa a los más innovadores y cabales de los cocineros gallegos: el Grupo Nove.
Marcelo acude cada mañana, de cada día de trabajo, a comprar los mejores productos al Mercado de Abastos de Santiago de Compostela, en la zona antigua de la ciudad. Es famosa su meticulosidad en la elección de cada producto, en la obtención del mejor punto de cada verdura, la textura más apropiada de cada fruta.
Tiene una particular noción del trabajo y los esfuerzos: para dar lo mejor de lo mejor y servir cada plato en su punto, sólo abre para cenas los martes, los miércoles sólo al mediodía, y jueves, viernes y sábados en horario de mediodía y cena; domingo y lunes, descanso, que bien se lo merecen.
Sorprenden varias cosas al traspasar el umbral de la puerta: la iluminación, la excelente decoración, el ambiente relajado que se respira y la sempiterna sonrisa de la mâitre que nos recibe. ¡Ah, y la cocina del restaurante, a la vista de los comensales!
Las mesas tienen un buen tamaño, con sillas cómodas y agradables, sillas que animan a permanecer en ellas en la sobremesa, sin cansar.
Las mantelerías son excelentes, de muy buena calidad y en perfecto estado de limpieza y placha. La cubertería cómoda y práctica, sin los excesos en el diseño que a veces se da en algunos locales que van de “modelnos” (está bien escrito así). La vajilla magnífica, y la cristalería de igual calidad.
No pidáis la carta por que no existe, el menú cambia cada día y es un menú de degustación: comeremos lo que nos sirva Marcelo, bajo su criterio, y siempre aprovechando el mejor momento de cada producto; cada día es una incógnita. Él sabe muy bien lo que se trae entre manos y nadie mejor que él para decidir.
La carta de vinos tiene un buen nivel y variedad, sin ser excesiva (no es necesario), con precios muy ajustados. El sumiller, de origen francés, es especialmente gráfico y preciso en las recomendaciones; además, tiene un acento y uno forma de expresarse muy agradable y gratificadora. Dejaos guiar por su buen criterio.
Procurad reservar alguna de las mesas que están enfrente a la cocina, así podréis disfrutar de la comida con los cinco sentidos: vista, oído, tacto, olfato y gusto.
La cena, de la que hablaré a continuación, estuvo excelsa, con sorpresas en cada plato y con un punto de preparación ligeramente poco hecho, lo que permite una mejor y más profunda apreciación de las texturas y los sabores.
El menú de degustación constaba de:
- Pan: artesano, amasado y cocido en el propio restaurante con harina del país. Creo, sin equivocarme, que resultó el pan más delicioso que jamás tomé, memorable.
- Anchoïade: en un recipiente tipo dedal grande, un alioli de anchoas ligeramente condimentado, acompañado de tiras de harina de maíz crujiente. Espléndido.
- Sopa de boletus: una suerte de sopa con marcado sabor, ligeramente dulce y con reminiscencias de almendras. La boletus edulis es una seta muy típica de Galicia y de sus bosques de pinos.
- Sardina asada y pimientos de Padrón: excepcional mezcla del sabor del mar que desprende una sardina cocida en salamandra, mezclada con el picor justo de unos tardíos pimientos de Padrón; la textura limpia y perfecta de la carne de la sardina me dejó sin palabras.
- Champiñones al ajillo: troncos de champiñón impregnados con aceite de ajo y acompañados por la propia emulsión; un plato perfecto, sin más “pero” que decir que me supo a poco… a muy poco.
- Bonito con tomate: un trozo de bonito de primera calidad, curado con sal y azúcar, y acompañado de la pulpa de medio tomate; si el bonito estaba buenísimo, el tomate se deshacía en la boca dejando un gusto y un aroma que inundaba el paladar.
- Merluza del pincho y caldo de ramallo de mar: un excelso toro de merluza de la máxima calidad, en su justo punto de cocción (sin exceso) y acompañada de un caldo templado de ramallos de mar, muy carnoso, con un sabor muy parecido al de unos espárragos trigueros, pero mucho mejor que ellos para acompañar al pescado.
- Ternera gallega asada y cachelo: otra obra maestra del maestro Marcelo, una sabrosa y sabia combinación de lo mejor de la ganadería y del campo gallego, en su justo punto de preparación y con un agradabilísimo sabor a antiguo, pese a la modernidad de la presentación.
- Piña colada: un postre para enmarcar, para retener en la memoria… una sabia mezcla de piña con escarchas de coco humeantes por el frío de la aplicación de nitrógeno. Un diez.
- Milhojas: no me gustan los postres de milhojas, trato de evitarlas cuando las veo en una mesa o en una pastelería… Perdón, me equivoqué: no me gustan las milhojas que no sean las que prepara Marcelo; las que él hace, acompañadas de crema de bourbon, son apabullantes, llenas de sabor, con una masa quebradiza que hace honor al nombre y se deshace en cientos, miles, de pequeñas hojas de deliciosa masa.
- Café: el único “pero” que tuvo la cena; el único punto en el que la altísima calificación del restaurante bajo algo: el café… una pena, no estaba a la altura de lo que se podía esperar de la cena.
- Pesquera Reserva 2004: vigoroso, pero a la vez sedoso, con carácter, muy “Pesquera”, seco, con un buen equilibrio entre la acidez y el alcohol, con un final largo. Un vino que necesita airear y que aún le quedan unos años para alcanzar la plenitud máxima. Buena recomendación.
- Porto Calem Reserva Tawny: un vino de gran calidad que da buenos maridajes con los postres. Sin secretos.
Los cocineros y camareros, vestidos de forma impecable y con excelente gusto, están "al desnudo", trabajando a la vista de todos. No se oyen ni gritos ni una palabra más alta que otra, todo es sosiego y precisión en el manejo de platos y cazuelas. La música de fondo no interrumpe las conversaciones y el murmullo general es el apropiado, pese a que había dos mesas con pandillas de amigos.
Al final de la cena, justo cuando acaban de servir todos los platos, Marcelo corre una cortina que oculta la cocina durante las labores de limpieza, cortina que hace las veces de los telones de los teatros, tapando el trabajo de los tramoyistas (cocineros y camareros). Tal vez habría sido apropiado aplaudir…
Resumiendo: uno de los dos o tres mejores menús de Galicia, con un precio ajustado a lo que ofrecen, menú en el que, si tenemos en cuenta la calidad del servicio recibido, la bondad de las instalaciones y la calidez humana de Marcelo, el precio es el apropiado.
Como abre al público pocos días y el restaurante cuenta con escaso número de mesas, conviene reservar con suficiente antelación (981-558580).
Casa Marcelo es una rareza dentro de la media general de los restaurantes de Galicia y, me atrevería a decir más, de España: ¡Chapeau!
Alfredo Webmaster
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