

Detalle de la entrada del restaurante, con la ermita que da nombre al local

Vista de uno de los comedores

Las escaleras interiores del edificio
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La buhardilla, para las sobremesas

Otro detalle de la buhardilla
De los dos restaurantes con una estrella Michelín en la provincia de Zamora, El Ermitaño es un referente, un punto y aparte.
Situado al lado de la carretera que une Benavente con León, este local y su entorno (su finca) es un oasis, un espacio en el que te sientes arropado después de transitar por las áridas zonas circundantes, amplias llanuras de escasa vegetación y ligero abandono ambiental.
Bajo la sabia dirección de los hermanos Pedro Mario y Óscar Pérez, cocineros autodidactas que a comienzos de los años 90 tomaron el relevo de sus padres en el mesón familiar y transformaron un viejo caserón del siglo XVIII, con ermita, en lo que hoy es el complejo El Ermitaño, han sabido pasar de una cocina meramente regional a lo que ahora es, un espacio de restauración e innovación, en permanente crecimiento.
Su decoración, de aires “castellanos”, tiene grandes aciertos y algunos toques un pelín trasnochados, producto de la mezcla de algunos materiales de época con otros modernos que no eran habituales en los edificios del siglo XVIII. Como ejemplo, el suelo rastrelado en roble americano (una madera moderna y ajena a la construcción tradicional) mezclado con la jatoba en pasamanos y techumbres, con algunas zonas de madera de castaño, o herrajes y azulejos insustanciales.
Salvo esos detalles, meramente decorativos, y no fundamentales, el entorno es sumamente agradable, de una calidad muy elevada y un buen gusto general.
El personal de recepción y servicio de mesa espléndido, atentísimo, sin fallos. Quizá, es una opinión muy personal, ligeramente lento en el tránsito entre platos, a consecuencia, tal vez, de que ese día había una boda en una de las salas del restaurante.
La vajilla, cristalería y mantelería, de buena calidad, correcta en el diseño y acorde con el local.
Las instalaciones cuentan con varios salones o espacio: el Mesón (a la entrada del restaurante, para tomar tapas o beber un aperitivo mientras se espera por la mesa), el comedor Hortensia o “El tacto” (en honor a la madre de los propietarios), el comedor Manuel o “El olfato” (en este caso, en honor al padre), el comedor Enoteca o “El gusto” (un comedor privado para 14 comensales, rodeado de botellas de vinos), el comedor La Biblioteca o “La vista”, el comedor Los abuelos o “El oído”, el Gran Salón Medieval (para bodas y celebraciones) y el comedor Hidalgo o “La Sala Magna” (un espacio para cócteles o tentempiés).
¿Cuándo conocí este restaurante? Durante el año y pico que viajé por esa carretera camino de León, hace de eso, ya, ¡¡nueve años!!; comí tres o cuatro veces, siempre con prisas, sin opción al disfrute de sus platos ni a la tranquilidad de una buena sobremesa.
Esta vez, aprovechando el viaje de fin de semana a Madrid, nos desviamos unos kilómetros de la autovía del Noroeste para degustar cómodamente, sin prisas, la cocina de este local.
La carta se compone de dos tipos de platos: “La cocina de invierno” (que se podría llamar de temporada, que se renueva cada tres meses) y “La cocina de siempre” (con elaboraciones más tradicionales y fijas en la carta); existe la posibilidad de optar por menús de degustación, con un recorrido por las elaboraciones más significativas.
Nosotros optamos por pedir dos primero platos a compartir entre los tres comensales y tres segundos platos de carácter individual; de postre, dos elaboraciones. Además, vino, agua y cafés.
Los primeros platos:
- Los garbanzos con oreja de cochinillo confitada, ajetes, trufa negra y salteado de sepia fresca: un plato delicioso, en el que la suavidad del garbanzo maridaba perfectamente con la fortaleza de la oreja y la sepia; la trufa negra espolvoreada ayuda a redondear el sabor del conjunto, dándole ese inconfundible aroma que hace revivir cualquier plato.
- Los tomates de invierno con bacalao ahumado, anchoas, quesos castellanos, piñones y olivas: excepcional plato, con unos tomates frescos y confitados absolutamente deliciosos, un bacalao en su punto, anchoas perfectas (sin espinas, con la sal justa)… y el conjunto general, perfecto; un gran plato, muy recomendable.
Los segundos platos:
- El lechazo asado al horno de leña con patatas asadas al ajo-aceite y pimentón: pese a que no fue el plato que pedí yo, como suele ser habitual cuando voy a comer con más personas, no pude evitar probarlo... y extasiarme con la calidad del lechazo y su punto de cocción.
- El lomo de vacuno añojo a la brasa con ensalada de escarola y ajo a lo tío: una carne de gran sabor, realmente de añojo, acompañada de una ensalada aliñada con pimentón (¡¡Qué gran descubrimiento, nunca la había probado así!!) y la especialísima sal maldon, tan importante para el realce de las carnes; el resultado, magnífico.
Los postres:
- Frutos secos, cuajada de oveja y miel de brezo: una sabía combinación de sabores entre la fortaleza/suavidad de la cuajada, la dulzura de la miel y el punto agridulce de los frutos secos.
- Manzana, te especiado, menta y canela: impresionante, delicioso, increíble mezcla de sabores… la compota de manzana tenía el regusto de aquella que me preparaba de niño, con tanto amor y ternura, Milagritos, pero además con el aroma y sabor del te, la frescura de la menta y la pasión que emana especia que tanto me gusta, la canela.
El vino:
- Un Dueto 2005 D. O. Toro, recomendación de la casa, resultó un vino poderoso, pese a su escasa crianza, y de buena nariz, que ensamblaba perfectamente con lo comido.
La sobremesa:
- El restaurante tiene una buhardilla, en la que se puede fumar, que permite hacer más agradable la sobremesa, acompañándola de una buena colección de cafés de distintas procedencias, puros habanos y licores. El lugar, en la parte alta del edificio, tiene acceso por las escaleras interiores.
El precio final, 114,80 €, impuestos incluidos, resultó sorprendentemente ajustado a la calidad y al servicio recibido.
Resumiendo: un gran restaurante (en tamaño), en un gran entorno (el suyo propio), un gran servicio y una muy buena cocina, valores que le hacen merecedor de la Estrella Michelín que atesora.
Alfredo Webmaster

El lomo de vacuno añojo a la brasa con ensalada de escarola y ajo a lo tío

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